domingo, diciembre 06, 2009

Tiempo

Maldito tiempo
que está presente en tu ausencia,
que no mira de frente,
que pasea cabizbajo, tranquilo
por un eterno camino.
Tiempo que de las yemas de los dedos
se escapa,
que de espaldas camina
hacia delante.
Tiempo que mata, que abandona,
que traiciona.
Tiempo que deforma los recuerdos
y acalla los sentidos,
tumba la memoria
y levanta al olvido.

Y a un tiempo ofrece paz,
serenidad, pensamientos,
condena y libertad.
Tiempo que cura heridas,
que regala las ideas,
y arrebata los errores.
Tiempo de imaginar,
de vivir, de soñar,
aliado eterno de la nostalgia
y de la esperanza.
Tiempo de olvidadas Revoluciones
y batallas perdidas de interminables guerras
contra el tiempo.
Tiempo que pierdo conmigo,
con todos, con nadie.
Tiempo que paso contigo,
a través de tus ojos,
tus sentidos, tus orgasmos.
Codiciado tiempo
que siempre dejo olvidado
en tu presencia.

Alfredo Morán Pereira

miércoles, marzo 04, 2009

PRÓLOGO

"A medida que avanzaba la tecnología y se contaminaban los centros urbanos, las noches se fueron quedando sin estrellas. Nuevas generaciones alcanzaron la madurez ignorando totalmente el firmamento que había pasmado a sus mayores y estimulado el advenimiento de la era moderna de la ciencia y la tecnología."

Carl Sagan - Contact


Un vistazo al cielo desde la terraza de una avenida muy concurrida que, por la noche, se vuelve profundamente oscura da para una reflexión sobre el tiempo. Y eso que vivir en una ciudad provoca que la posibilidad de observar las estrellas desde casa se convierta en un privilegio. Cansado de mirar hacia estructuras de ladrillo y cemento centelleando luces catódicas a través de sus ventanas, de observar cómo se erigen sobre arterias de asfalto por las que circula sangre negra de motores diesel que desplazan los, a estas horas, pocos vehículos que recorren en dos sentidos opuestos su estructura. Cansado, como digo, de ese paisaje urbano que me ofrece la terraza cuando miro de frente hacia el exterior, me dió por ascender mi vista hasta el despejado cielo de una fría noche de Agosto. Quien cometa la osadía de mirar por encima del hombro a la ciudad verá, quizás, la Luna en cuarto creciente, casi llena. Y estrellas. Muy pocas ya que la luz, aunque escasa, se suma a la intensidad del satélite femenino y solitario ocultando la mayoría de los millares de astros que gotean en el firmamento.

Posiblemente, haya quienes llegan sólo a contemplar la Luna. Pero para mí, tanta belleza deslumbra. Y no me gusta que me anestesien los sentidos. Así que, ignorando a la solitaria y perdedora belleza de la dama de la noche, me quedo mirando las estrellas. Esos puntos de luz casi imperceptibles, que parpadean al son de una sintonía de radiaciones cósmicas. Sí, desde aquí se ven muy pequeñas. Pero ya le gustaría a más de uno tener la historia que vienen a contarnos cada noche desde tan lejanos lugares. Sí, lejanos. Cuentan los astrónomos que, viajando a la velocidad de la luz, tardaríamos un año y medio en llegar a la estrella más cercana de todas después del Sol. Teóricamente, porque nadie podrá jamás viajar tan rápido. Pero estos conceptos son de sobra conocidos por ustedes, no voy a ser yo quien les ilustre, y nunca mejor dicho. Demos la vuelta al concepto. Si tardasemos ese tiempo en llegar a la estrella más cercana, eso implica que lo mismo sucede para la luz que nos llega de esa estrella. Eso quiere decir que lo que estamos observando en el cielo no ha sucedido en este momento. En el caso de la estrella que les mencioné antes, esa luz que ahora llega a nosotros fue emitida hace un año y medio. El mismo principio se aplica para el resto de estrellas. Por eso me fascinan tanto. Un simple vistazo al firmamento en una noche estrellada puede convertirse en un viaje en el tiempo. Ni la Luna, con su cambiante traje de noche, podría contar su historia en cada instante de la forma en el que ellas lo hacen. Y es que esas luces vierten sobre nuestra superficie los misterios que ocultan los astros que las emitieron. Quizás, por eso, la Luna se emperifolla tanto que nos deslumbra a quienes miramos al cielo. Para que nadie se de cuenta. Pero jamás podrá fingir lo que ya sabe. Aunque, incluso, se llene el rostro de tatuajes marcados con meteoritos y asteroides que han dejado en su superficie un velo rugoso de polvo y cráteres. Su realidad, un simple trozo de tierra herida y desangrada girando en torno a una canica que concentra en su estructura los cuatro elementos. Y es que, aunque la Mona se vista de seda...

Tan abstraído estaba en estas disertaciones que había dejado de escuchar el tránsito arterial de los vehículos que circulaban sobre la tierra cubierta de asfalto y pintura seca. Subidas y bajadas de volúmen del ruido oscilan una y otra vez a través de un observador estático que, absorto en pensamientos sobre el tiempo que se toman las estrellas en contar su historia, no se da cuenta del paso del suyo propio. Una prueba inequívoca, la forma en cómo se ha ido consumiendo el cigarro que llevaba encendido entre mis dedos sin haber probado ni una calada. A veces he tenido la sensación que eso es lo que sucedía con mi vida. Así, iba consumiendose sin pausa, sin que me diera cuenta antes de volver a probar el filtro a través del cual fluye la vida. Con una enorme diferencia. Cada calada a un cigarro, mata un poco más. No obstante esa sensación de vacío dejó, afortunadamente, de existir hace tiempo. Desde el mismo día en el que desperté, como otros me hicieron comprender antaño.

Desde hoy, por tanto, les contaré mi relato. Nuestro relato. Y las diversas situaciones en las que me he visto envuelto por ver lo que yo, y otros como yo, vemos. También les hablaré de ellos, todo a su tiempo. En sus manos estará juzgar si lo que cuento en esta historia es fruto de una mente trastornada, seres con una peculiar forma de ver a las personas o, quizás, tan sólo un gamberro verbal que se inventa la mayoría de las cosas que relata. He aquí el testimonio de todas aquellas cosas que ninguno de nosotros se atrevió a contar hasta ahora, ocultando las evidencias con el velo de miradas complices y silencios compartidos. Parece todo muy confuso, lo sé. Calma, lo entenderán a medida que vaya desarrollando los hechos que aquí les cuento. Así que dejaré, por ahora, mis disertaciones sobre estrellas y viajes en el tiempo para ofrecerles esta historia.

sábado, diciembre 27, 2008

Cuento contigo esta noche

Te espero sentada sobre mi cama mientras escribo estas lineas. Tu ausencia durante doce largos años hace que se me encoja el estómago con solo imaginarte aquí, a mi lado, en este momento en el que vuelves conmigo. Al poco tiempo desde que te fuiste de mi vida, no fui capaz de sentir nada. Mis emociones estaban anestesiadas después de pasar los últimos meses contigo ardiendo por dentro mientras deseaba poseer tu aliento de fuego. Te fuiste alejando despacio, como una sombra alzando su manto austero sobre campos de cereal seco a medida que se acerca el ocaso. Yo, mientras, empecé a tontear con otros. Nada significativo. Ninguno penetraba mi alma tan hondo como lo hacías tú. Fui débil, lo reconozco. Intentaba sentir por un momento lo mismo que contigo, pero sólo lograba calmarme. Y no bastaba. Por eso repetía. Una y otra vez. Pronto aprendí a saciarme con ello, y me fui lentamente haciendo inmune. Construi una muleta que permitió levantarme y caminar sin tenerte cerca. Y un buen día comprendí que no me hacia falta. Fue entonces cuando cambié de casa y de trabajo. Hice nuevos amigos y ninguno de ellos me recordaba a ti. Enfrentaba mi vida con seguridad y en continua lucha, incluso llegué a concebir la idea de que lo nuestro había sido lo más terrible que me había sucedido. Así estuve varios años, indiferentes respecto a ti. Pero la vida a veces es tan jodidamente cíclica... Te intuía, sabía que no te había arrancado de mi vida, las huellas que dejaste eran demasiado profundas como para desgastarse con oleaje intenso y, por mucho que chocasen las olas del olvido, el reflujo siempre dejaba tus marcas en la arena. Y volviste a pisar sobre ella. Fue una noche, nos reencontraron unos conocidos de los amigos que habían conseguido alejar tanto mi pensamiento de ti que, cuando te observé cómo clavabas tu amarga mirada en aquel asiento cóncavo, no pude evitar acercarme. Estaba ligeramente borracha, eso ayudó a confiarme demasiado contigo. No sé qué clase de llama encendí sobre ti que estuviste rondandome un buen rato hasta que no pude aguantar más y todos aquellos años se me olvidaron en un instante, aquel mismo en el que te volví a recibír dentro de mí. Y luego llegó, de nuevo, el apetito. Doce años saciada con menos. Tres putos minutos para hacer un agujero en el fondo del vaso y volver a sentirme vacía. Dejé que te instalaras en mi apartamento. Y, poco a poco, los días de trabajo se hicieron cada vez más pesados. Mis brazos te deseaban a todas horas. Llegaba a casa, y ahí volvía a tenerte. Pronto dejé de salir con aquellas personas que ya eran extrañas. Creo que no les llegaste a caer del todo bien. Me di cuenta cuando se enteraron que volvía contigo. Dejé de llamarles. Con el paso del tiempo, no aguantaba vivir bajo el océano en que se había convertido mi vida cuando no estaba contigo, y abandoné el trabajo. Quería caminar sobre él, como cuando era jóven y te tenía a todas horas en mí. Sobre todo porque, cuando tocaba volver a sumergirme, era más profundo cada vez. Y dolía. Cuando más hondo, peor. Y volvía a recurrir a ti, como un amigo, confidente, amante. Y me levantabas de nuevo, neutralizando el dolor. Pero pronto me empecé a hundir cada vez más, y empecé a sentir el calor del centro de la tierra cuando tu no estabas. Y ahora, no soporto más eso. No quiero volver a sufrirlo.

Te espero, sentada, sobre mi cama. Esta vez te voy a proponer: quédate conmigo esta noche. No será fácil, después de todo, quién soporta ya el peso del océano cuando estas encerrada en el centro de la tierra. Pero cuento contigo. Ahora mismo tengo frío, tirito y siento náusea. Y ahora, vuelves a mí. Siéntate y pónte cómodo. Sí, ya sé que está sucio, pero es cóncavo, como a ti te gusta. Vuelvo a encender la llama, hoy quiero que me lo des todo. Un momento, me pongo ese liguero color crema que tanto te gusta. Venga, no puedo aguantar, tiemblo de ganas por hacerlo. Mis picados brazos están repletos de marcas por cada una de las veces que me poseíste. Ya, te siento dentro. Palpita. Palpita fuerte. ¿Estás trotando?, pues cabalga enérgico por mis venas. Agarro tus crines, subo a la grupa, tiras de mí hacia la superficie. Lo he decidido, esta vez no quiero volver a ver el infierno después de estar contigo. Tú te irás, atraparás con tu mirada a otras personas. Y dejaré de sentirte, pero no me hundiré. Esta vez no. Me iré mientras te marchas, sigiloso, de mis venas. Y yo ya no volveré jamás.


Alfredo (VdB)

viernes, diciembre 19, 2008

De nadie...

Impredecible, independiente, intocable. Y, sobre todo, solitaria. No es de nadie, igual que tu. Pero, a ratos, desearías conocer todos sus secretos y descubrir los tuyos ante su mirada cómplice. O por lo menos intentarlo. Puede ser asequible o inalcanzable, tu lo sabes mejor que nadie. Al menos, resultaría divertido. Y complicado. Los tuyos son muchos años de secretos, de máscaras, de cortinas de humo. De chorros y chorros de tinta de calamar desperdiciados en un mar ya de por sí oscuro y denso. Quizás un mago ilusionista que lanza una bomba al suelo con un gesto magestuoso mientras la multitud lo contempla, atónita, desvanecerse entre la humareda. O un terrorista que se inmola con cargas explosivas adosadas a su cuerpo, provocando que los trozos desmembrados de su acto se esparzan por una plaza llena de chavales, y que su sangrante corazón sea observado en el suelo por un niño solitario al lado de una octavilla que reza: ¿Lo ves?. Para esto sirve tener corazón. Duele reconocerlo, chaval, pero dejaste por un instante en carne viva lo que tu, y solo tu, conoces. Y ha hecho contigo lo mismo que tu a muchas personas a las que desnudaste sus almas cuando eras capaz de descubrir sus lugares más ocultos, cuando eras el árbol al que se hace un agujero y se vomitan en él todos los secretos. Pero fue divertido. Vaya que si lo fue.

Y ahora que estás escribiendo, o mejor, garabateando frases a vuelapluma con las teclas de un ordenador, recuerdas que le faltaron sólo unas horas para que su mirada te desnudara. Te pasas una vida intentando descubrir a personas que te sorprendan realmente. Cuando las encuentras, como siempre por pura casualidad, resulta que esta vez es el fiel reflejo de ti mismo. Ironías de la vida. ¿No era lo que deseabas, canalla? ¿Unos ojos que se hundiesen en lo más profundo de ti? Desear volver a sentirte vivo en otra mirada mientras hiende más, y más, y más, revolviendo vísceras y órganos vitales, sacando lo que llevas oculto. Mostrando lo que eres. Descubriéndote tal como eres.

Sin embargo, y cambiando de tema, con el paso del tiempo te has vuelto tan distante. ¿Extrovertido? por conveniencia. ¿Apasionado? sí, mucho. ¿Atrevido? Depende de con quién y para qué. ¿Empático? Ven a la puerta, se abre la estancia según tu forma de ser... A pesar de todo, jamás te has entregado. Y no es que hayas sido inalcanzable incluso cuando amaste. Lo has sufrido en tus carnes, y te ha marcado profundamente al menos una vez. Incluso te han herido, a tu manera. Pero si se trata de desarmar el complejo andamio que has construido sobre tu alma, te cuesta la vida. A la hora de compartir todos tus secretos. Y llevas tu vida intentándolo. Toda tu puta vida. Creíste lograrlo en una ocasión, pero fueron muchos años para acabar con la sensación de que no te había conocido. O igual creyó conocerte, y tu cambiaste. O quizás, algo más profundo que te cuesta reconocer incluso aquí.

Y ahora mismo te apetece derribar el andamiaje que atrapa tu alma y hacerlo añicos, descubrirte hasta el tuétano, mostrarte tal como eres ante una mirada, sin necesidad de justificarte por nada, por nadie. Romper las máscaras, robar besos y mordiscos. No tenerle miedo a la hoja afilada y candente cuando le toque tatuar de nuevo tu corazon. Pero no te engañes. No te claves en el cuerpo los puñales que otras pensaron no habían clavado lo suficiente en tu alma. No derrames tu sangre sobre la tierra estéril de los sueños o la fértil de las pesadillas. De nadie. Ahora no eres de nadie. Sigues siendo intocable, independiente, impredecible. Y, sobre todo, solitario. Siempre lo fuiste, incluso en los momentos más íntimos. Siempre ha habido una parte de ti que se retraía, esperando a ser descubierta. Nunca te entregaste del todo a nadie, aunque lo intentaste una y otra vez. Pero, ¿qué estas diciendo? ¿Tantas palabras necesitas para decir tan poco en tu universo de fractales inacabados? Desvías tu mirada hacia la calle. Observas a un gato negro cruzar la carretera. Sabe que lo miras, pero no quiere verte, así que le sonríes cómplice. Deseas saltar por la ventana y alcanzarlo para ofrecerle alimento. Antes que llegue el camión que circula a gran velocidad al fondo de la avenida y lo destripe sobre el asfalto. Pero no. Tuviste suerte esta vez, compañero. Ahora mismo bajo a dejarte a los pies de mi portal un cuenco de leche con migas de pan. Ah, ¿y qué hay de mi alma? Ahí sigue, solitaria. Pero contenta. Y tengo suerte. Como el gato que ahora ronronea feliz mientras devora el alimento que le he dejado, necesita muy poco para sonreir.

martes, julio 15, 2008

LA VIOLINISTA

Esta noche he estado en el mismo sitio en el que te conocí. Aquella noche tu estabas sola, sentada en uno de los bancos de aquel local. Yo, sentado en el otro extremo, hablando de cosas graciosas con un amigo y una cerveza. Ya te había observado antes, pero no era mi intención tratar contigo. Y, de repente, te dirigiste a nosotros y empezaste a explicarnos la partida de dardos que jugaban unas personas en aquel lugar. Empezamos a hablar y al poco descubrí que estabas de paso en esta ciudad. Un concierto con una orquesta de música clásica era lo que te había traido aquí. Y, manda narices, tanta gente ha venido contigo y tu elegiste perderte esa noche sola por la ciudad. Pero no topaste con nadie que te mostrase nada, así que entraste en aquel garito con la intención de tomarte una cerveza y escuchar buena música. Y, en estas, entablaste conversación con dos desconocidos que podrían ayudarte a conocer un poco más esta ciudad como podrían no saber nada sobre ella. Como no tenías nada mejor que hacer, te viniste con nosotros. Te mostramos más locales. Luego, mi amigo nos dejó solos. Y seguimos conversando. Desde el primer momento, me fascinó tu mirada y tu simpatía. Y esa capacidad de dejarte llevar por las circunstancias, sin planear nada, como un atractor caótico que sólo encuentra el camino que le guía la diversión y el buen humor. Pensaba que yo era el único bicho raro que hacía eso. Así, conocimos a un gitano borracho que hacía monólogos y contaba unos chistes muy buenos y nos pusimos a pedir con los punkis que habitaban una oscura plaza mientras un colega tuyo tocaba la flauta y el resto pedíamos a las personas que transitaban la plaza. Volvimos a vernos el día siguiente para que pudiera hacerte de guía turística. Conmigo descubriste parte de la historia de esta ciudad. Entre medias, fuimos conociendonos. Me fascinaron esas pequeñas peculiaridades que conformaban tu forma de ser, unido a tu contagiosa sencillez. Tu, a su vez, te sentiste realmente impresionada por todo lo que te mostraba, a un tiempo que me fuiste preguntando por mi vida y mis inquietudes. De unas tapas con tus compañeras de banda pasamos a meternos en una plaza donde un actor de teatro representaba obras de la picaresca española. Como me habías contado que tu memoria era limitada, cuando nos fuimos a cenar te regalé un libro con muchas de las historias que te conté.

Al día siguiente, me invistaste a tus ensayos. Me quedé impresionado por el arte que desprendía aquella música. La paz y el tormento fundidos en una pieza musical. Después del ensayo, cuando podrías haberte quedado con tus compañeros, seguiste conmigo. A medida que transcurrió la tarde me las fuiste dejando caer. Yo las vi todas, pero no me apetecía encariñarme con una persona que iba a ver dos días y luego, el olvido. Tampoco quería equivocarme, tu estabas de paso y yo interpretaba mi rol de guía. Aunque lo cierto es que nos lo pasamos genial juntos. Y yo descubrí que en esta vida hay más personas que no son como las demás. Gente peculiar que no sigen las pautas sociales de un sistema que cada vez nos hace parecer más unos a otros. Seres que viven la vida que han elegido con todas las consecuencias, y que por ello son libres. Personas sin ningún tipo de malicia que interpretan la vida y los actos de otras personas según van viniendo, sin juicios baratos según esquemas mentales rígidos que sólo sirven para proteger a los cobardes.

Con tu inseparable violín volverás a Málaga, a Bruselas y a donde te lleve la Música. Pero sé que te han quedado muy buenos recuerdos e intensos de tu estancia en esta ciudad. Gracias por dejarme ser tu guía, artista.

martes, mayo 20, 2008

Una noche, unos versos

"Ningún privilegio fue igualado, ninguno

como tu mirada perfilada

sobre mi rostro marcado y herido

durante una madrugada imaginaria

en la que me penetró tu presencia

tan desnuda y lasciva. Tan luminosa.



Me fuiste invadiendo a través de las llagas

de mi cuerpo herido.

Paralizaste mis cuencas oculares,

por eso no lloré.

Quedó atrapada mi boca en tus labios,

por eso no grité.

Cauterizaste mis heridas con tu tacto,

por eso no sufrí.



Así me engulliste el alma, poco a poco.

Total, ya no dormía en su pequeña estancia

Y vagaba, noche tras noche, descalza,

buscando la causa de su existencia.

Y no me arrastró el dejarme llevar, no.

Fue mi necesidad intelectual, la locura

de conocer tus complejos misterios.



Finalizaste cortando las venas de mi deseo

por donde brotó mi semen caliente, eterno.

Y mientras mi cuerpo se fue desangrando

sobre tu espalda, sobre mi alma,

contra el suelo de esta oscura estancia,

supe que esa noche había muerto de nuevo

renaciendo luego en tus ojos. En tu alma."


Alfredo Morán Pereira

viernes, diciembre 14, 2007

CAPITULO FINAL

Nadie escapa de sus fantasmas...


El gato estaba muerto desde el principio. En concreto, desde el instante inmediatamente posterior al golpe en la nuca. Eso es lo que aquellas personas que observaban y recopilaban pruebas jamás se les pasó por la cabeza. Él pudo escuchar de primera mano la descripción detallada de los hechos. No sólo la escuchó: vivió los hechos descritos horas después por aquellos dos agentes. Ocurrió después de caer al suelo, cuando quedó en un estado de semi-inconsciencia que le impedía reaccionar de una forma directa. Se mantuvo, confuso, tirado en el suelo de la cocina hasta que escuchó un grito desgarrador que provenia de algún lugar de la casa. Desde su posición tumbada, giró la cabeza en dirección a la puerta de la habitación donde se encontraba Clara. Observó a un tipo alto con pasamontañas y con un cuchillo de gran tamaño empuñado en su mano derecha. Se encontraba vigilando en la puerta. Como aquel hombre tenía las piernas ligeramente separadas pudo ver, por el hueco que dejaban entre sí, lo que sucedía en el interior de la habitación. Pudo observar su cama y cómo una mano enguantada tapaba la boca de su mujer. Pudo ver que se trataba de otro tipo, el cual se situó sobre la cama. A continuación, el hombre que flanqueaba la puerta se giró de forma brusca hacia el. De una forma sutil apoyó la cabeza en el suelo y cerró los ojos, cuando notó pasos hacia su posición. Pudo notar cómo el tipo se acercaba cada vez más y cómo, en un instante, se encontraba delante de su cuerpo.

Un sudor frío recorrió su cuerpo y una terrible angustia se apoderó de él cuando empezó a escuchar rasgaduras de tela que precedieron a varios gritos y sollozos desde el cuarto donde estaba su mujer. No podía soportar aquello, pero no tenía valor a levantarse por miedo a la reacción del tipo del cuchillo, el cual seguía en la cocina. Estaba completamente paralizado por el pánico. Progresivamente sintió una sensación de asfixia. En aquel instante, su corazón se detuvo cuando escuchó un chillido salvaje que se convertía en un sonido metálico para morir en un suspiro. Luego la calma. No volvió a escuchar nada más. Un incómodo silencio se apoderó de la estancia. Advirtió los pasos del otro individuo, el cual se dirigía hacia la cocina. “¿Qué pasó?” Escuchó decir al tipo que estaba cerca de él. “La he matado, tío. Me mordió mientras me la follaba. Esaba tan fuera de mí que la apuñalé” Trató de ahogar un lamento. No podía dar crédito. Clara...

-Eres gilipollas-

-¡No me toques los cojones, ¿estámos?! ¿Qué haremos ahora con el tio este?-

-Está inconsciente. Vámonos cagando leches, pedazo de subnormal. Lo has echado todo a perder-

-¡Yo no tengo la culpa que esa zorra me mordiera!-

-¡He dicho que nos vamos!-

Sintió cómo los dos tipos se alejaban por el pasillo y salian por la entrada del domicilio. El silencio, entonces, se apoderó definitivamente de la casa. El dolor que experimentó en su interior en aquel momento era tan intenso que lo llevó a desmayarse. Y en ese estado estuvo, hasta que lo despertó la conversación que mantenían dos personas en la habitación donde había pasado todo. Aguzó el oido y pudo percibir que hablaban de un cuchillo y una nota ensangrentada en la pared.

El gato, como han podido comprobar, ya estaba muerto antes de abrir la caja. Todo lo acontecido con posterioridad, todo lo relatado hasta este preciso instante, no es más que la forma que tuvo el hombre de huir de sus propios fantasmas. De su propia cobardía. Pero la intensidad de su remordimiento fué tan grande que ni formando una realidad alternativa en su mente pudo escapar de aquella noche. Por eso se apoderó de sus sueños en forma de asesino. Y por eso les estoy contando esto ahora.

Sí, antes que les de tiempo a pensarlo, yo soy aquel cobarde. Necesitaba liberarme contando esta historia. Sincerarme, decir toda la verdad. Decir que estaba jodidamente despierto mientras violaban y asesinaban a mi mujer en la habitación de al lado. Y que, lejos de aportar nada y afrontarlo con valor, me dediqué a huir de mi mismo y de mi propio remordimiento formando una realidad paralela donde todo era aparentemente perfecto.

Por si les intriga, les diré que he fracasado al respecto. A pesar de contar los he hos en forma de relato, mis fantasmas siguen danzando por mi cabeza. Lo hacen continuamente. Y nada va a devolverle la vida a mi mujer. Por ese motivo ahora tengo un revólver cargado en el márgen izquierdo de mi mesa de estudio, al lado del ordenador desde el cual les escribo esto. Soy consciente que a los fantasmas no se los mata a tiros. Pero mi conciencia no lo soporta más. Ahora escribo con la mano derecha, mientras que con la izquierda sostengo firmemente el arma. Puedo describirles la sensación, su tacto frío rozando mis manos, como en mi sueño. Acabo de levantar el seguro mientras mantengo el revólver hacia mi sien. Les ahorraré más descripciones. En cuanto suba el capítulo al espacio virtual de este blog, disparo.

...

Adios.

domingo, noviembre 18, 2007

CAPITULO 10 - ANTECEDENTES

"La realidad es aquello que,
cuando uno deja de creer en ello,
no desaparece."


Philip K. Dick


-Despierta. Por favor, despierta- Agarró su cuerpo con las manos y lo agitó de forma compulsiva. La mirada de ella se clavaba en su expresión de pánico.

-¡¿Qué sucede?! ¿Dónde estoy?-

-Has tenido una pesadilla. O, al menos, eso parecia. Estabas retorciendo tu cuerpo con violencia entre las sábanas. De pronto rompiste a llorar y no tuve más remedio que despertarte. –dijo mientras soltaba la presión de sus manos-

-Mierda... Otra vez me ha sucedido- respondió, cabizbajo, mientras perdía su vista sobre las sábanas. –Y eso que sigo a tratamiento para superar estos ataques-

-Demonios, ¿cuánto llevas?-

Alzó la vista. Miró las dos brillantes luces que representaban los ojos de ella en la oscuridad -Tres años. Y mírame. Sigo padeciendolos- respondió.

-Bueno, has mejorado mucho respecto a cuando te conocí. Recuerda que antes los tenías con mucha frecuencia-

-Ya, tienes razón. Disculpame. Me frustra pensar que, tal vez, no sea capaz de superarlo jamás-

Ella aproximó la mano derecha a su cabello revuelto -Poco a poco, no te agobies. La actitud es muy importante en este tipo de problemas. -dijo- Además –añadió-, si fue sólo una pesadilla, las hemos tenido todos. En cierta forma, es una reacción normal de la psique humana- sonrió mientras acariciaba su pelo con suavidad.

-Muchas gracias por tu apoyo. ¿Sabes?, creo que voy a por un vaso de agua. ¿Quieres que te traiga algo de la cocina?-

-No, gracias. Intentaré dormir, que mañana me espera un intenso día-

-Vale. Descansa- Aproximó sus labios a los de ella y se besaron durante un instante. –Te quiero, Clara-

-Yo también a ti- respondió ella y se recostó hacia el lado derecho de la cama.

Alzó la sábana que lo cubría mostrando su desnudo cuerpo al ambiente cálido de la habitación. Pisó el suelo y se levantó con sigilo. Se desplazó por la habitación a oscuras, guiandose gracias a la luz de una farola que se proyectaba a través de la ventana. Sin emitir mayor sonido que el de sus pisadas, atravesó el pasillo hasta llegar a la entrada de la cocina. Encendió la luz. Se detuvo a escuchar el intermitente zumbido del neón, prueba inequívoca del silencio más absoluto que invadía la casa aquella madrugada de Septiembre. Entró en la cocina y se dirigió a uno de los armarios. Abrió la puerta y extrajo un vaso de cristal. Abrió el grifo situado justo debajo del armario y llenó el vaso de agua. Bebió un trago largo. De repente, notó un golpe seco en la nuca. Mientras el agua terminaba de descender por su garganta, perdió la consciencia y se desvaneció contra el suelo.


Un hombre y una mujer hablan delante de un cuerpo tirado en el suelo de una cocina estrecha. Ella lleva camisa negra y pantalón gris. Él, camisa blanca con corbata color granate.

-¿Cuánto tiempo llevará inconsciente?- preguntó la mujer de la camisa negra.

-A juzgar por su aspecto es posible que muy poco tiempo. Unas horas, tal vez- respondió, de forma poco segura, el de la corbata.

-Por lo que observo, recibió un contundente golpe en la nuca. Fijate en la extensión de la mancha de sangre reseca del pelo. Quien lo dejó inconsciente, le tuvo que dar un golpe muy fuerte y seco para dejarlo así-

El de la corbata enarcó una ceja mientras miraba fijamente a su interlocutora con excesiva severidad -Ya. Tenemos un cadáver cosido a puñaladas en la habitación de al lado, y tu te preocupas de cuánta sangre tiene el tipo en el pelo- dijo.

-Tampoco es necesario que te pongas así-

El hombre desvió su mirada hacia el suelo -Perdona- respondió. -Lo que le han hecho a la pobre chica me ha dejado echo polvo- añadió. A continuación, fijó su vista en el pasillo. Al fondo se veía, tras una puerta abierta, unas sábanas empapadas en sangre.

-Te acepto las disculpas-

-Encima, no tengo cojones a despertar al chico- tragó saliva –He visto en la entrada unas fotografías de la pareja y se les veía muy felices-

-Es mejor que no lo hagas. Sería contraproducente- dijo ella mientras observaba el cuerpo de la persona que yacía en el suelo, inconsciente y ajeno a todo cuanto estaba aconteciendo en su propia casa –Una ambulancia con asistencia psicológica incluida viene de camino. Para cuando despierte y se encuentre con la cruda realidad-

-No sé si quiero permanecer aquí cuando lo haga. ¿Quién puede ser tan hijo de la gran puta para cometer algo así?-

-Alguien que tiene un absoluto desprecio por la condición humana-

Su compañero se enfureció –Yo diría mejor un salvaje, una mala bestia cuya madre nunca debía haber parido- dijo.

-Bueno, será mejor que conserves la calma. Si te parece, vamos a recapitular-

-Será lo mejor. De nuevo, disculpa mis impulsos-

-No es necesario que te disculpes tanto, es algo habitual sentirse así. Pero no olvides que estamos para resolver el caso, no para juzgar moralmente la situación-

La mujer sacó del bolsillo izquierdo de su pantalón un paquete de Malboro. Extrajo dos cigarrillos y ofreció uno a su compañero, el cual aceptó con resignación.

-Bien, es bastante obvio cómo ha podido suceder el crímen. Resumiendo, el tipo que está en el suelo se levantó a por un vaso de agua a la cocina. Mientras bebía un trago, alguien se le acercó por detrás y le metió un golpe en seco en la nuca. Eso se puede deducir de los cristales que están esparcidos por todo el suelo de la cocina y el hematoma que, como te estuve diciendo antes, le ha dejado gran parte del pelo manchado de sangre. Luego la chica de la habitación fue asesinada.-

-Por lo que me han contado los agentes que le prestaron declaración, esta mañana el cartero subió a dejar una carta certificada y se encontró la puerta abierta de par en par así que llamó varias veces y, tras no obtener respuesta, accedió al domicilio. Sólo unos pasos pues, al llegar a la cocina, se encontró al hombre tirado en el suelo e intentó despertarlo sin éxito. Ni que decir tiene que fue el quien llamó a Comisaría para que vinieramos.

-Y eso es todo lo que tenemos, por ahora-

–A juzgar por donde estaba la chica cuando fue asesinada, no tuvo que escuchar nada. Pero, ¿cómo es posible que no oyera ni un puto ruido? Este barrio es muy tranquilo y, al menos, podría haberse sobresaltado por el estruendo que provocaría el vaso al reventar contra el suelo-

-Además de contundente, la persona que ha cometido el asesinato fue extremadamente silencioso. O eso, o no fue solo una persona-

-¿Insinuas que, al mismo tiempo, podría haberse encontrado otra persona en la habitación? Ten en cuenta que estás planteando una situación de lo más retorcida-

-No lo insinuo. Tampoco lo planteo. Lo estoy afirmando-

El de la corbata volvió a posar su mirada en los ojos de su compañera. Ésta estaba fumando mientras miraba hacia al techo de forma inexpresiva. –Ven conmigo- dijo mientras dejaba la colilla con sumo cuidado en el fregadero de la cocina. Caminó hacia el pasillo. El hombre imitó su acción y siguió sus pasos hasta acceder a la habitación.

-Tendrás que fijarte bien, pues no podemos tocar el cadáver hasta que no lleguen los médicos forenses. Ahora, observa-

El hombre extrajo de un bolsillo de su camisa unas gafas y se aproximó al cadáver. Acercó la vista hacia una de las puñaladas que emergían del frío cuerpo de la mujer. Se encontraba situada en el muslo izquierdo. Una incisión profunda, pero demasiado abierta, y con muestras de desgarro en la cara exterior del muslo, como si quien la provocó le hubiese costado clavar y extraer el arma homicida del cuerpo.

-¿Ves lo que te digo? Es incoherente que un tipo capaz de lanzar un golpe tan brutal en la nuca de alguien sea incapaz de clavar con la suficiente fuerza y determinación un arma blanca en el cuerpo de otra persona. A decir verdad, las puñaladas aplicadas sobre esta pobre chica fueron bastante imprecisas y chapuceras-

-Bueno. Quizás el arma no estaba afilado-

-Fijate en la puerta del armario. Descubrirás un importante detalle que obviaste antes-

El tipo de la corbata granate dirigió su mirada hacia donde le indicó su compañera. En la puerta del armario había un cuchillo clavado. Sostenía sobre la madera una nota escrita con tinta roja y por la que descendían varias gotas de sangre.

-¡Joder! ¿Cómo cojones no lo ví antes?-

-Por eso hace un rato te recomendé que te calmaras. Ya sabes, los árboles no te dejaron ver el bosque-

-Pero, ¿por qué no recogiste la prueba?-

-Quería que lo vieras integrado en el escenario y me dieras una opinión. Observa el filo. Está completamente empapado de sangre y, lo que es más importante, el brillo de la luz de la habitación que se refleja en su borde es continuo y muy fino. Hablando claro: ese filo está afilado o yo me pego un tiro.-

-¿Has leido la nota?-

-Sí. Pero, si gustas, estaría encantada que la leyeras tu también-

El hombre de la corbata se acercó ahora al armario y, de forma meticulosa, se situó en una posición que le permitiera leer lo que estaba escrito en el papel sin que el cuchillo se interpusiera entre él y el texto íntegro de la nota-




-¡Qué hijo de la gran puta!- exclamó, horrorizado. -¿Y qué coño significa D? ¿Será su nombre?-

-No. Es la primera consonante de un acrónimo. Observa la primera letra de cada uno de los cuatro versos finales: D – I – O – S. Dios. Ya sé, es muy poco ocurrente. Pero hay que reconocer que el muy cabrón tiene un humor condenadamente macabro-

-Por lo que veo nos ha dejado dos pruebas en el mismo sitio: el arma homicida y una nota-

-Aunque si los deja intencionadamente, puede ser que piense que no vamos a sacar nada en claro-

-Confiemos en que esté equivocado o haya cometido un error-

-He mandado llamar más efectivos, para recopilar todas las pruebas que nos sean posibles. En cuanto lleguen, nos pondremos manos a la obra. Ahora, antes que nada, debemos ocuparnos del tipo que está inconsciente. Puede despertarse en cualquier momento. -

-Tienes razón. Volvamos a la cocina-

Abandonaron la habitación. Cuando llegaron a la cocina, escucharon el sonido de una ambulancia aproximandose hacia la casa. Miraron hacia el suelo. Aquel hombre seguía inconsciente, y en la misma posición. En ese estado y en uno de esos días en los que uno no desearía desperar jamás era, en cierta forma, un privilegiado. Él no lo sabe, pero su realidad se convertirá en un infierno en el mismo instante que abandone el mundo de los sueños. Paradoja de Schrödinger: ¿el gato estaba muerto o muere en el momento que abrimos la caja?

viernes, septiembre 28, 2007

CAPITULO 09 - EL DISPARO

"Controlling my feelings for too long.
And forcing my darkest souls to unfold."


Muse



Dos hombres discuten en el interior de un despacho cerrado. Uno de ellos de pie, mirando fijamente hacia una mesa que le separaba del otro hombre. Tenía el pelo oscuro y un poco largo y sus ojos eran inconfundiblemente asiáticos. Vestía una camisa negra metida por dentro de un pantalón de lino gris y zapatos conjuntados con la camisa. Llevaba una cazadora de cuero doblada de forma minuciosa en torno a su brazo. El otro permanecía sentado frente a la mesa. Estaba calvo y lucía un bigote abundante y grisáceo por las canas. Llevaba camisa blanca con las mangas subidas a la altura de sus codos y corbata azul marino. Su rostro estaba visiblemente alterado, mirando con exagerada agresividad hacia su interlocutor.

-¡Esto es intolerable!– exclamó el hombre sentado.

-Por favor. Cálmese–

-¿Cómo quiere que me calme? ¿Acaso no tengo derecho a mostrarme alterado con usted a la vista de cómo se han desarrollado los acontecimientos?-

El hombre que estaba de pie frente a el alzó su rostro -Sin ánimo de ofenderle, creo que usted y yo no tenemos la misma percepción del caso-dijo

El hombre de bigote canoso golpeó la mesa con un puño -¡Por supuesto que no!- exclamó -Usted se cree un genio y yo pienso que la está cagando completamente- añadió.

El otro enarcó una ceja -Creo que no es necesario una falta de respeto tan gratuíta. No me la merezco- dijo.

-¡Lo que usted no se merece es la titulación de mierda que tiene! Sólo hay que ver cómo está dejando a ese pobre hombre-

El hombre de rasgos asiáticos que, hasta ese momento, había permanecido en la misma posición, se desplazó hacia la mesa que le separaba del hombre sentado. -Hasta donde tengo entendido, el sujeto está respondiendo positivamente al tratamiento- dijo

El hombre del bigote canoso observó al otro con sorna -¿Positivamente? No se cachondee de mí, por favor- respondió.

-No es mi intención. Pero mi valoración al respecto es cierta. Creo que debería tenerlo en cuenta antes de seguir despreciando mi trabajo-

-Mire, no me venga con estupideces. La última vez que ese hombre reaccionó casi se abre la cabeza con sus propios puños. Todo eso bajo el efecto de su maravilloso tratamiento-

-Permítame que le diga que su visión de la situación es completamente errónea. Debería saber que sus autolesiones ya venía de antes. De hecho, el día que decidí aceptar el caso fue lo primero que le ví hacer al respecto. Y de la misma forma-

-Ya, lo que me da la razón en relación al estado del interno y su propia ineptitud. No ha avanzado nada desde que vino a meter las narices en este lugar-

El hombre de rasgos asiáticos emitió un profundo suspiro -Cada vez se despierta con más frecuencia- dijo -La última vez, la que usted mencionó antes, no solo trató de autolesionarse.- añadió.

-Si, accedió a hablar con usted. Ya lo leí en su informe.- dijo, con desdén, el hombre del bigote canoso -Le preguntó quién era usted y le manifestó su deseo de abandonar con su sufrimiento-

-Exacto. Eso es mejoría para un sujeto cuyo unico tratamiento hasta entonces era mantenerlo sedado durante todo el día porque, cada vez que se despertaba, se mostraba violento incluso con quien que se acercaba a administrarle más sedantes para tranquilizarlo-

-Ya. Ahora sólo se muestra violento consigo mismo. ¿Sabe lo que pienso yo?-

El hombre de rasgos asiáticos no respondió. Se limitó a sostener la mirada del otro y esperar cualquier tipo de reacción.

-Me lo imaginaba. Los sabelotodo arrogantes como usted no tienen cojones a aceptar su propia miseria. Bien, pienso que usted es un vulgar matasanos que gusta joderle la vida a un enfermo para luego demostrar al mundo con mentiras que así se les cura realmente y no con los métodos que utilizamos en centros como el mío-

El hombre de rasgos asiáticos entrelazó sus manos detrás de la espalda. Su rostro adoptó una expresión de calma ante la hostilidad de la persona con la que discutía -Las personas que no tienen argumentos sólidos en los que fundamentarse son las primeras, y las únicas, que utilizan el recurso de insultar al adversario para llevarlo a un terreno donde poder imponer sus razonamientos- dijo –El problema es que ni yo soy su adversario ni usted es lo suficientemente honesto como para aceptar que mis métodos están dando unos resultados positivos para salvar la mente del hombre por el que empezó esta discusión- añadió.

-Mire, no estoy para perder el tiempo con listillos prefrabricados en la Universidad. Me importa una mierda el currículum que usted tiene y la cantidad de personas que ha logrado curar. Yo me fio por lo que veo, y está bien claro que usted está perjudicando a ese hombre- sentenció el hombre sentado.

-Ya, y prefiere mantenerlo a base de drogas el resto de su vida, reduciendo su existencia a una constante pesadilla de la que usted no le permite salir. Dígame quién está jodiendo la vida a quién, señor-

El hombre del bigote canoso bajó su mirada hacia la mesa -La vida es dura. Pero aquí no nos gusta hacer sufrir a nuestros internos- dijo. Tomó una pausa para mirar a través de una ventana que tenía a su izquierda. Observó el cielo. Densas nubes de tormenta lo cubrían. En ese instante comenzó a llover -Me refiero, en la vida real- añadió mientras observaba cómo se estrellaban las gotas de agua contra la ventana.

El hombre de rasgos asiáticos tensó su rostro -En ese caso, esta conversación es inútil. Seguiré trabajando en la misma dirección hasta conseguir que el interno logre enfrentar sus pesadillas- dijo.

El hombre del bigote canoso desvió su mirada de la ventana hacia los ojos de su interlocutor -¿Quién le dijo que va a seguir tratando a ese interno? En el momento que abandone este despacho se dirigirá a por sus cosas y se irá inmediatamente de este centro- sentenció.

-No puede hacer eso-

El hombre del bigote canoso esbozó una amplia sonrisa -Sí puedo. Olvida que soy el gerente, y aquí mando yo- dijo. Y si digo que no le considero suficientemente capacitado para trabajar con las personas de este lugar y que, por ello, debe usted abandonar la estancia en el mismo hará exactamente lo que yo le ordeno- añadió.

-Bien, como prefiera. Ahora ya sé la razón por la que, en tantos años de gestión, no ha conseguido que ningún interno abandone el centro con un minimo de salúd-

El hombre del bigote canoso se recostó sobre su asiento -¿Y me asegura que usted sí puede ayudarlos? No se hable más. Se marchará inmediatamente- dijo mientras cogía un telefono situado en el márgen derecho de la mesa.

-No se moleste en llamar a nadie. Ya me voy por mis propios medios. Que tenga un buen día- dijo el hombre de rasgos asiáticos mientras se aproximaba a la puerta –Espero, por su bien, que sus años de incompetencia no le pasen factura algún día- añadió.

El hombre del bigote canoso enarcó ambas cejas y desencajó su rostro, en una expresión de profundo desagrado -¡Lárgese de una jodida vez, inútil!- gritó. Pero su voz se estrelló contra la puerta del despacho, pues el otro ya lo había abandonado.

El hombre de los rasgos asiáticos se dirigió por las dependencias camino de la salida, pero no era eso lo que buscaba. Torció una esquina y se introdujo en un oscuro pasillo donde había varios internos encerrados en sus estancias. Al fondo, la puerta de salida. Caminó despacio y se detuvo en un punto concreto. Torció el paso hasta un márgen del pasillo. Vaciló unos instantes y susurró unas palabras hacia la puerta que se situaba en esa posición. Allí, sus susurros apenas fueron audibles de entre los sonidos que emitían las personas que yacían recluidas en aquel oscuro lugar. Esperó unos instantes y emuló la forma de una pistola con su mano izquierda. La apuntó contra la pequeña ventana que la puerta mostraba e hizo amago de disparar, en claro gesto de despedida. A continuación, caminó hacia la puerta de salida y se marchó definitivamente del lugar.

Muse - Showbiz


¿Necesita más pruebas de mi existencia? En este momento, mientras yo le hablo, usted está actuando de nuevo. ¿Quiere detenerlo? Tenga el valor, la determinación, de llegar hasta el final pase lo que pase. ¡Dis... despierte!

Se mantuvo inconsciente hasta que un disparo lo despertó de un sobresalto. Notó un objeto caliente en su mano y comprobó, aturdido, que el revólver estaba humeando en ella. Trató de incorporarse. Miró hacia delante y observó que el disparo había impactado contra una pared de la entrada. No logró recordar qué había sucedido como para encontrarse en esa posición. De repente, pensó en Clara. Tras incorporarse, sintió que se encontraba agarrando otro objeto con la mano izquierda. Cuando descubrio de qué se trataba, lo soltó inmediatamente. Era una navaja. La misma que guardó en el bolsillo cuando recibió la visita de aquel extraño individuo. La hoja estaba abierta y su márgen ensuciado por una pátina de color rojizo y aspecto granuloso. Miró hacia el pasillo y comprobó que suelo y paredes estaban salpicadas del mismo tejido. Se mantuvo estático, pálido, sin fuerzas para seguir el rastro de sangre que, ahora veía, continuaba por el pasillo hasta perderse en una grosera curva por la puerta del baño.

Sin ser consciente de la situación, se vió a si mismo siguiendo el rastro hasta donde se perdía. Trató de cerrar los ojos mientras caminaba, pero no fue capaz. No quería verla. Pero sus piernas avanzaban. Pasillo, puerta del baño, baldosas. Bañera. Clara. Descubrió, horrorizado, cómo el cuerpo de Clara yacía en el interior de la bañera. Se encontraba vestido y cosido a puñaladas. Transcurrieron unos instantes hasta que reaccionó. Tuvo un acceso de náuseas. En un acto reflejo levantó la tapa del water y vomitó. Se acercó al lavabo para lavarse el rostro. Se abatió contra la pila y, en su propia desesperación, rompió a llorar.

Un estruendo le detuvo el llanto. Aguzó el oido. Provenía de la puerta de entrada a su domicilio. Alguien la estaba golpeando. A continuación, escuchó la voz de un hombre.

-¡Abra la puerta ahora mismo!-

A pesar de su situación, reconoció aquel tono. Se trataba de la voz de uno de los policías que le interrogó a mediodía.

-Unos vecinos nos han llamado. Al parecer, han escuchado voces y el sonido de un disparo provenientes de su casa. Por favor, abra la puerta-

No quería decir nada. Ni tampoco ver a nadie.

El policia siguió golpeando la puerta. -Sé que está ahí, he escuchado sus llantos. Por favor, abra o echo la puerta abajo-

De pronto recordó la carta. Aquel extraño personaje le había advertido de esto.

-Bien, usted lo ha querido- Escuchó cómo unos pasos se alejaban de la puerta. Silencio. Como la calma que precede a la tormenta. De pronto, unos fuertes golpes hicieron retumbar su puerta. Escuchó el sonido de una bota golpear contra la cerradura de la entrada.

Levantó la cabeza y observó su rostro en el espejo. Unos ojos enrojecidos por el llanto se le descubrían debajo de una amenazante visera. Mantuvo su propia mirada mientras de fondo resonaban las paredes del apartamento. Apartó la vista y observó el revólver que seguía empuñando en su mano. Evocó, de nuevo, la carta. “Se le pasará por la cabeza”. Abrió la recámara del revólver y comprobó que había solo una bala en ella. Volvió a cerrarla. Recordó, por las películas que había visto, que para disparar un arma era necesario levantar el seguro. Lo hizo y le resultó más sencillo de lo que habría imaginado.

La pared retumbó con cada golpe que el policía aplicaba a la puerta para forzar su entrada. Pero él ya no estaba en la casa. “En cuanto eso suceda, retengalo en la mente”. Miró hacia la bañera y observó detenidamente el cadáver de su amiga. El rostro tenía los ojos abiertos y su expresión era de auténtico pánico. “Será bueno para usted y para el entorno que le rodea”. Levantó la empuñadura y dirigió el cañón hacia su boca. Deslizó el dedo indice hacia el gatillo y acarició su contorno. Sintió un leve cosquilleo en la punta. “Un instante, y no tendrá que pensar más”. Abatió el dedo, firme, con el fin de apretar el gatillo y acabar con todo. Un disparo. Un solo disparo, y el silencio invadió su mundo para siempre.

domingo, agosto 26, 2007

CAPITULO 08 - CLARA

“All in all it´s just
another brick in the wall”


Pink Floyd



Se inclinó hacia la mesa para depositar la carta sobre ella. Notó que no entraba luz desde la ventana. Echó un vistazo hacia ella y observó que, en la calle, las nubes cubrian todo el cielo oscureciendo el ambiente. En ese instante sintió un ligero dolor de espalda que lo llevó a hundirse en el respaldo del sofá. Levantó la vista hacia el techo. Había leido sin pausa todo el contenido de la carta, reteniendo cada palabra escrita en ella. –Si hay alguien que conoce tanto la situación como para permitirse la licencia de hablar con tanta seguridad sobre ello, es que está implicado en lo sucedido estos dos últimos días- pensó. No obstante, un nuevo temor comenzó a invadir sus pensamientos. -¿Y si he sido yo quien ha escrito esa carta mientras estaba inconsciente? El joven de la visera era tan real, pero la forma como apareció y desapareció de mi casa. ¿He estado alucinando?- pensó.

Empezó a sentir asfixia. Angustiado, se levantó repentinamente de su asiento. Le entró pánico ante las posibles implicaciones que estaban tomando sus cavilaciones. Recordó unas palabras que le había escrito el intruso al final de la carta. -“Una pista en el buzón”- . De repente, interrumpió sus pensamientos y se dirigió a la entrada. Cogió las llaves, deslizó el cerrojo, abrió la puerta y descendió escaleras abajo hasta llegar a la entrada del portal, donde se aproximó a los buzones de correo. Localizó el suyo e introdujo la llave en la pequeña cerradura. Abrió el compartimento. Dentro había, debajo de un montón de folletos de publicidad, un objeto pequeño envuelto en una tela de color rojo. Lo extrajo y cerró el buzon. Pesaba un poco. Sin más espera retiró la tela que lo cubría y descubrió, sorprendido, que el extraño objeto se trataba de un revólver de pequeño tamaño.

Miró instintivamente hacia la puerta del portal por si pasaba alguien que pudiera descubrirle con eso en la mano. Alzó la mirada y observó cómo un relámpago iluminó el cielo y las nubes expulsaban, de forma leve, el agua que contenian. Quedó tan absorto que no advirtió cómo una silueta se acercaba corriendo hacia su calle. Cuando cesó su ensimismamiento la persona estaba a pocos metros del edificio. Descendió la vista y reconoció el rostro de Clara aproximándose a su casa. Hace tiempo solía hacerlo con frecuencia. Ambos lo hacían. Ahora ella volvía a devolverle la jugada del otro día. Y en el peor momento. Decidió ocultar el revolver entre el cinturón y el bolsillo derecho de su pantalón. A continuación se acercó a la puerta y la abrió justo en el momento en el que Clara se disponía a picar el portero automático.

Ella desvió la mirada hacia la entrada y adoptó una expresión de sorpresa -¿Cómo te diste cuenta?-preguntó.

-Realmente no supe que venías- respondió –Estaba revisando qué tenia en el buzón. Llevo dos días sin abrirlo- dijo a modo de excusa.

-Pues menuda casualidad- respondió –Pero, ¿tu has visto la que va a caer? ¡Menudo chaparrón se avecina!- exclamó.

-Cierto. Pero ahora dime, ¿qué te trae por mi casa?- preguntó de forma cordial, procurando no mostrarse alterado por el revólver oculto que, en ese momento, comenzaba a apretarle las costillas.

Clara miró a los ojos de su amigo -Tan sólo quería verte- respondió. –Ayer, cuando hablamos en mi casa, me dejaste muy preocupada. Noté algo extraño en tu voz. ¿Estás bien?- preguntó.

Vaciló un instante en el que, pensó, podría contarselo todo o no decir nada. –Sí, ningún problema- respondió – Sólo un poco aturdido. Trabajo demasiado y tengo poco tiempo para el descanso-

Clara observó a su amigo con detenimiento. -Ya te veo. La verdad, no tienes buen aspecto- comentó –Además- añadió –supongo que estarás al corriente de lo sucedido estos días en tu zona.

-¿A qué te refieres?-preguntó.

-¡No me digas que no te has enterado!-exclamó –Pero si no se habla de otra cosa. Está la gente de tu barrio muy alterada por las dos chicas asesinadas entre ayer y hoy. Una de ellas, además, era vecina tuya.

No supo contestar. Había pensado tanto en el asunto que le sonó extraño, incluso grotesco, en boca de Clara.

-Ya, reconozco que no es un tema de conversación agradable- añadió Clara –Bueno, qué. ¿Me vas a invitar a subir a tu casa o tengo que sacártelo todo? Ahora bien, si molesto, pues dímelo que me marcho-.

Observó la calle. Llovía de forma torrencial. No le resultó prudente la idea de permitir la entrada de nadie en su domicilio, incluso de Clara. No obstante, pensó que sería una falta de educación por su parte a la vista de la tormenta que estaba cayendo. Resultaba hasta sospechoso. Volvió a situar su mirada en el rostro de Clara –Sube si quieres- respondió –Pero sólo hasta que pase la tormenta. Tengo cosas que hacer antes de cenar-

-No te preocupes. Yo también- respondió Clara.

Ambos caminaron por las escaleras hasta llegar a la puerta del domicilio. Extrajo las llaves del bolsillo y, en un acto reflejo, se tocó el costado donde tenía guardado el revólver. Por un instante tuvo la sensación que se le caía del cinturón. Decidió que, una vez dentro del domicilio y con la excusa de dirigirse al lavabo, lo ocultaría en un cajón de su habitación. Abrió la puerta del apartamento y ambos entraron con el caótico ruido de la tormenta golpeando las ventanas de la casa.

Clara observó atentamente la entrada -Vaya. Hace varios meses que no entro en tu casa y sigue igual de desordenada a como me la encontré la última vez- dijo –Deberías recoger con más frecuencia. De lo contrario, nadie querrá ser invitado aquí- añadió.

El la miró seriamente -Ya te he dicho que trabajo mucho- respondió –Si no tengo tiempo para enterarme de las cosas, menos para las tareas del hogar. Además- añadió –cabe la posibilidad que no desee invitados en mi casa-.

-Me entristece ver que sigues igual de susceptible que ayer- dijo.

-Nadie te pidió venir, Clara- respondió.

-Qué borde eres- dijo –Sigue así, verás lo que tardas en quedarte sin amigos-

-No os necesito. No necesito a nadie- Después de decir esto, sostuvo un instante la mirada de Clara.

-Me preocupas- respondió ella –Y lo que más me jode es que a tí eso no te importe- añadió.

Se percató de que la conversación estaba resultando demasiado tensa -A mi lo que me preocupa ahora es mi vejiga- dijo, en un intento torpe de calmar los ánimos –Si no te importa, espérame en el salón. Un instante y estoy contigo-

Ella suspiró y, resignada, se alejó de la entrada mientras él se dirigía al baño. Echó la vista atrás. Cuando observó que ella entraba en el salón, desvió sus pasos hacia la habitación.

Una vez dentro, abrió un cajón del tocador y extrajo el revólver del cinturón. Con la repentina aparición de Clara no tuvo tiempo a pensar por qué razón aquel extraño le dejó semejante objeto en el buzón. De repente escuchó un fuerte golpe proveniente de la ventana. Sobresaltado, se acercó a ella y observó atentamente. Por la calle caminaba una persona con visera y cazadora corta. El aspecto era parecido al del intruso de antes. Abrió la ventana y se asomó. -¡Eh, tu! ¡Ven aquí!-ordenó elevando la voz lo más fuerte que pudo. Tras escucharlo, observó cómo el sujeto comenzó a correr calle abajo para doblar una de las esquinas y desaparecer de su vista. Además, la visión de una silueta reflejada a través del cristal de la ventana lo hizo volver instintivamente hacia la entrada de la habitación.

En el márgen de la puerta se encontraba Clara. Miraba fijamente hacia donde estaba él. Observó su rostro. Parecía alterada. Recordó que, con el sobresalto que le causó el golpe de la ventana, no guardó el revólver en el cajón. Echó la vista hacia su mano y comprobó que lo estaba sosteniendo por la empuñadura.

-¿Qué significa eso?- preguntó Clara, mientras se mantuvo en la misma posición.

Pensó que debía reaccionar de algún modo. Improvisar. -No es nada, Clara- respondió –Es... una pistola de agua- añadió.

Ella enarcó una ceja -¿Qué demonios haces con una pistola de agua en tu habitación?-

-La acabo de descubrir en el suelo- respondió. Verás- se detuvo para tragar saliva –el otro día estuvo una vecina en casa con su hijo. Venía jugando con esta pistola. Ahora acabo de descubrir que se la ha dejado aquí-

Ahora Clara lo miró severamente -¿Cómo es posible que la madre, o el propio niño, no se dieran cuenta antes de ese detalle?- volvió a preguntar.

-Ni idea- respondió -Quizás- hizo una pausa para echar un vistazo al revólver –sí se dieron cuenta pero todavía no han podido localizarme. Te dije antes que he tenido mucho trabajo estos días- añadió.

Volvió a posar su vista en el rostro de su amiga. Comprobó que ya no le miraba a él. De hecho, por su expresión, dedujo que acababa de descubrir algo en su habitación.

-¡Qué significa eso que tienes tirado en el suelo!- señaló un rincón de la habitación.

A continuación torció su rostro hacia el sitio donde señalaba Clara. Sintió cómo su corazón se paralizó en ese instante. Un sudor frío recorrió su cuerpo y comenzó a temblar. El cuchillo ensangrentado yacía en la misma posición que como lo encontró esa mañana.

Ahora ella dirigió su mirada, enfurecida, hacia él -¡Responde! ¡Te he preguntado qué significa eso!-

No fue capaz de articular palabra. Estaba tan perplejo como ella. Comenzó a sentir una ligera molestia en su nuca.

Clara descendió la vista hacia el suelo. -Dios mío...-articuló en voz baja. –Fuiste tú. ¡Hijo de perra, las mataste tú!-exclamó.

Tras escuchar aquello, reaccionó. –¡Yo no he matado a nadie!-

Ella no pareció escuchar su respuesta. Miró de nuevo hacia el cuchillo –Y por eso el rollo ese de la pistola. ¡Quieres matarme a mi también!- exclamó. Retrocedió dos pasos.

-¿No me has oido? ¡Yo no he matado a nadie, Clara!-respondió mientras se aproximaba hacia Clara. Seguía empuñando el revólver.

-¡No te acerques hijo de puta!-

-Clara, yo no soy un asesino. Por favor, cálmate-

-Te he dicho que no te acerques. ¡No te acerques!-ordenó mientras siguió retrocediendo sus pasos.

-Clara, yo...-en ese instante, notó en su nuca una punzada de dolor tan intensa que se tambaleó hacia el suelo. Antes de caer pudo mantenerse en pie arrimando su espalda contra una pared de la habitación. No obstante, sintió cómo la vista se le comenzó a nublar. Miró hacia la posición de Clara, pero no fue capaz de distinguirla del entorno. Tan sólo pudo percibir el intenso sonido que provocaba la lluvia al ser golpeada contra sus ventanas por una furiosa tormenta que no cesaba. Intentó incorporarse pero otra punzada en la misma zona le hizo perder el conocimiento. Se desvaneció e, inevitablemente, su cuerpo impactó contra el suelo sin que él sintiera el golpe. Sin que él sintiera nada.

jueves, agosto 16, 2007

CAPITULO 07 - LA CARTA

“Pero ni el miedo ni tus cartas lo son todo para mi.
Quizás otra vez te echaré la culpa a ti.”


Héroes del Silencio



Si está leyendo esta carta es que ya hemos tomado contacto. En ese caso, disculpe tanto las formas como el modo de dirigirme a usted. Debía interpretar un papel que a mi, sinceramente, no me agrada mucho. No tengo intención de revelar las razones que tuve para ello, así que doy por zanjado el asunto con unas disculpas que, espero, acepte usted. Y, por supuesto, tampoco quiero que pierda el tiempo pensando en el modo que me ingenié para entrar y salir de su casa sin que se diera cuenta. Céntrese en lo que le voy a explicar a continuación.

Han sucedido cosas muy extrañas estos últimos días, ¿verdad? Momentos en los que usted se desvanece para, al despertar, encontrarse con una situación cada vez más sorprendente y desagradable. Cuando sale de sus desmayos se encuentra aturdido, confuso y desorientado. Y no ayuda a mejorar la situación el hecho de enfrentarse con un grave problema nada más salir de la inconsciencia. Es como si el sueño terminase en la realidad, y es ahí donde la pesadilla ha ido tomando forma para encontrarse cara a cara con usted en el momento de despertar. Además, usted presenta un profundo sentimiento de culpa cuando eso sucede, pues se siente responsable del problema generado en su inconsciencia. No me equivoco al pensar que poco a poco ese sentimiento se ha ido convirtiendo en algo obsesivo para usted, sobre todo por las acciones de las que no tiene constancia de haber cometido pero que usted teme haber participado en ellas. Como si tuviera un lado oculto que no conoce y que sólo aflora en los momentos en los que se encuentra en estado inconsciente.

Me gustaría, llegados a este punto, que replantee su situación. Para resolver un problema hay primero que conocerlo. Y para conocer un problema, es necesario estar abierto a cualquier tipo de interpretación. Y muchas veces, como en su caso, es tan sólo un cambio en la perspectiva lo que puede llevarle a la comprensión del mismo. Si es que es posible, claro. Piense por un instante en la posibilidad de que todo lo sucedido pueda no ser algo fisico, tangible. Real. Imagine que, quizás, todo forme parte de una fábula cuyo único origen resida en su propia cabeza. Y si todo fuese generado de esa forma, ¿cómo puede estar seguro de alcanzar la comprensión de la situación si no es posible que observe su conjunto? No pretendo llamarle loco con estas suposiciones. Tampoco insultar a su inteligencia. Tan sólo es una forma de hacerle ver que dificilmente apreciará que se trata de un árbol si se encuentra atrapado entre sus ramas.

Y ahora, un hecho inquietante. ¿Y si usted ha cometido realmente las acciones que se atribuye a si mismo? ¿Puede, en efecto, decir que “las ha cometido”? Si no era consciente de ello, ¿cómo está seguro de ser usted y no otro quien lo hiciera? ¿Y si fueran dos personas en el mismo cuerpo? ¿O dos partes enfrentadas en su interior? Así, una ejecuta mientras relega los lamentos y remordimientos a la otra parte, de forma que puede actuar con tranquilidad al no tener que arrepentirse de ello. Viéndolo desde esa perspectiva, ¿cómo entender su propia realidad si hay una parte de ella que no está viviendo? Ya sé lo que piensa. Saturo. Tanta pregunta a vuelapluma da la impresión que mi propósito con esta carta es confundirle. Desestabilizarle. Lograr que, definitivamente, acabe perdiendo la cabeza. ¿Y si fuera ese el caso? ¿Cambiaría en algo la situación que está viviendo en estos momentos? Si usted cree que mi unico fin es su propia locura, por favor, deje de leer y tire esta carta a la basura. Al fin y al cabo, usted tiene elección, ¿verdad? Pero como sé que va a seguir leyendo, me he tomado la molestia de escribir todo lo que tengo que decirle.

Está usted en peligro. No me refiero a algo físico. Más bien anida en su propio interior. Y es que usted, amigo, se ha convertido en una amenaza para si mismo. Y no cesará. No mientras siga perdiendo el tiempo intentando comprender lo que está sucediendo. A ver si me entiende, tiene todo el derecho a hacerlo. Es algo natural. Pero, según intenta ordenar sus pensamientos, algo le golpea. Usted trata de construir un castillo de naipes mientras arrecia un fuerte viento que no le deja avanzar en su obra. ¿No es más sencillo, ya que no es posible encontrar refugio seguro, desistir en la tarea? Aunque eso suponga asumir por su parte que no puede comprenderlo. Aceptar su destino. Sea cual sea. Eso es lo que le propongo en esta carta. De lo contrario, volverá a suceder. Cada vez será más terrible, se lo aseguro. Porque la desesperación va en aumento, al igual que el número de cartas que tiene para completar el castillo. Desista antes de que sea demasiado tarde. ¿Cómo? Se le pasará por la cabeza. En cuanto eso suceda, reténgalo en la mente. Un instante, y no tendrá que pensar más. Será bueno para usted y para el entorno que le rodea. De cualquier forma, por si no se le ocurre nada, le he dejado una pista en el buzón de correo correspondiente a su domicilio.

Nada más. He escrito exactamente lo que debía contarle. Reciba un cordial saludo. Hasta siempre.


D.

domingo, agosto 05, 2007

CAPITULO 06 - EL INTRUSO

“Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñe que Dios me oía...
Después soñé que soñaba”


Antonio Machado




Un ruido en la calle lo despertó de su inconsciencia. Cuánto llevaba en ese estado, no pudo determinarlo. Apoyó sus codos en el suelo y se incorporó levemente. Unas punzadas de dolor en su cabeza le sobrevinieron en cuanto cambió de posición. Trató de rememorar de forma vaga lo sucedido antes del desmayo. Alzó la vista hacia la nevera y comprobó que la puerta estaba abierta. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo tras recordar la mano que se encontraba depositada en ella. Observó detenidamente desde el exterior y, en principio, no había nada extraño. Se aproximó a ella y revolvió el contenido del cajón donde estaba el macabro objeto. En él habían dos calabacines y una bolsa de plástico, que manipuló con cuidado para visualizar su contenido. A través del plástico observó dos tomates que parecían podridos y un pimiento rojo. No encontró rastro alguno de la mano seccionada. Estaba aturdido y su cabeza le empezó a dar vueltas, asi que cerró la nevera de un portazo y se levantó del suelo.

Desorientado, se apoyó sobre el fregadero. Con una mano se cubrió la frente y agachó la cabeza. Mantuvo esa posición unos instantes. Una vez empezó a sentirse mejor, comenzó a pensar en lo sucedido. –Debo controlar mis emociones.- pensó –Es muy posible que lo que creí ver antes de desmayarme fuera causa de la sugestión que me provocó todo lo acontecido en las últimas horas. Ahora bien...- Un sonido extraño transmitido a través de la entrada de la cocina interrumpió sus cavilaciones. Aguzó el oido, pero no lo volvió a escuchar. Le inquietó el hecho de que se hubiera podido emitir en algún lugar de su domicilio y, tal como andaban las cosas, se propuso rastrear el apartamento hasta encontrar su origen.

Primero se dirigió hacia su habitación y echó un vistazo a la ventana. Estaba cerrada. A continuación abrió el armario donde esa mañana había ocultado el cuchillo. Todo normal salvo que el cuchillo seguía sin aparecer. Miró por el suelo y debajo de la cama. Nada extraño. Realizó una última comprobación escuchando detenidamente el aparente silencio de la estancia. Se mantuvo estático, cada vez más tranquilo al comprobar que el único sonido que escuchaba provenía de la ventana y correspondía a los coches que se desplazaban por su calle. Así estuvo unos instantes hasta que, de repente, un ruido seco lo sobresaltó. Trató de situarlo. Le pareció que había sido emitido en el salón, probablemente por el impacto de algún objeto contra la alfombra. Abandonó la habitación y se aproximó con sigilo al salón para salir de dudas. Según avanzaba le iba costando respirar. Sintió como si el aire se hubiera vuelto más denso que antes. Poco a poco empezó a escuchar un sonido suave e intermitente que provino del salón. Su corazón se aceleró. Siguió avanzando, apoyando sus manos en las paredes de su corto pasillo para hacer el menor ruido posible. Al fondo vió la entrada. La puerta estaba cerrada, asi que posó su mano en la manilla y la giró lentamente. Tras abrir la puerta, se quedó completamente paralizado. Sentado en un sofá había un joven con visera, cazadora y pantalones vaqueros. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y su codo apoyado en el reposabrazos con la mano en su barbilla, en ademán pensativo. El otro brazo descansaba sobre la pierna levantada. Comprobó que el sonido que escuchaba de forma constante era el que el joven provocaba con su mano al golpear repetidamente contra su rodilla.

En cuanto lo vió entrar, el jóven detuvo su mano y la posó sobre la rodilla. -Le estaba esperando- dijo.

Se mantuvo en el márgen de la puerta. Estaba rígido y perplejo. No fue capaz de reaccionar de forma inmediata, hasta que dió un paso al frente y adoptó una posición defensiva -¡¿Quién demonios eres?!- exclamó -¿Cómo has entrado en mi casa?- preguntó, frunciendo el ceño.

-Veo que se ha despertado. ¿Qué tal sienta una cabezadita después de tanta diversión?- respondió. Su tono de voz era sarcástico, y entonaba cada sílaba de forma exagerada.

-No has respondido a mi pregunta: ¡Dime qué cojones haces aquí!- exclamó.

-Calma, amigo. Calma.- dijo. Movió su mano izquierda en ademán conciliador. –No debería tratar así a sus invitados. Luego, ya sabe: éstos comentan lo maleducado que es usted con las visitas, y nadie quiere volver a ser invitado a su “maravillosa” casa- añadió.

-¿Estás chalado? Ni invitado ni hostias. ¡O te larga de mi casa ahora mismo, o llamo a la policía!-

-Eso no le conviene, amigo- respondió con calma. –Al menos, no querrá que una cotorra les cuente su secretito.- añadió. Esbozó una falsa sonrisa.

-¿De qué “secretito” me hablas, imbécil? – Estaba tan alterado que se acercó a su interlocutor y de un golpe le separó los brazos de su posición. A continuación, le agarró de las solapas de la cazadora y lo levantó de un tirón. El chico no ofreció resistencia alguna. -¡Lárgate de una puta vez y que no vuelva a verte!- dijo.

Sin inmutarse por lo incómodo de la situación, el jóven dirigió una mirada a los ojos de su enfurecido interlocutor. -Le he dicho que-se-cal-me, ¿vale?- dijo –Siendo tan violento no va a soluciona nada. Es más- añadió –adoptando esa postura incluso me beneficia- sonrió de forma más discreta que antes, pero seguía siendo artificial.

-Aquí el único beneficio que te estás ganando son dos buenas hostias- levantó el puño en ademán de golpear al intruso, pero se contuvo.

El joven de la visera emitió un profundo suspiro y bajó la mirada –Mira que es usted cansino. No soporta bien la presión en situaciones, cómo diría yo... delicadas- dijo. –Por eso estoy aquí. Para evitar que meta la pata con el asunto que pesa sobre sus manos. Y no me refiero a mi, precisamente-. Añadió. Su entonación se mantuvo entre el sarcasmo y la burla.

-Pero bueno, ¿de qué demonios estás hablando?-

-Suélteme... y quizás hablemos- lo dijo casi con desdén, como si no le importase lo que el otro hiciera con él.

Después de pensar un instante comprendió que la forma en que había tratado al intruso no era la apropiada para hacerle hablar y sacar algo en claro. Se sorprendió a sí mismo por su reacción aunque, pensando un poco más, decidió que era hasta cierto punto razonable teniendo en cuenta todo lo sucedido hasta ese momento. Así que, sin más duda, soltó a su interlocutor de las solapas. –Está bien. Habla- ordenó.

El chico se dejó caer al sofá donde había estado sentado y elevó el rostro hacia el techo –Debería usted pintar con más frecuencia su casa. Tiene el techo muy sucio- comentó.

-¿Qué te he dicho? Habla. Cuéntame qué haces aquí y de qué asunto hablabas antes-ordenó de nuevo.

-Bien, don impaciencias. Se lo contaré casi todo. Por favor, tome asiento.- señaló el sofá que estaba adyacente a él. –Lo necesitará- dijo, mientras volía a mostrar una sonrisa exageradamente falsa.

Se tranquilizó. Por lo que le había dado a entender, ese joven sabía algo de los extraños sucesos que estaban sucediendo en su casa y su relación con los asesinatos. No obstante, necesitaba pensar. Y en presencia de ese individuo, no era capaz de concentrarse. En ese caso, decidió que era buena idea desplazarse un instante a otra habitación con cualquier excusa y, allí, elaborar un plan de emergencia. -Un momento. Voy a la cocina. Creo que me quedan dos cervezas en la nevera, ¿quieres una?- preguntó.

-No, gracias- respondió. –Ya comprobé su nevera antes. No tiene cervezas en ella. Además, después de comprobar lo que escondía, me da bastante asco tomarme nada de allí, jajaja- Lanzó un estridente carcajada.

Palideció. -Es listo el hijo de puta- pensó.

-¿Qué le sucede? Lo decía por los tomates putrefactos que tiene en la bolsa de plástico. Deberia tirar a la basura la comida que se le pasa. Es más... higiénico.- dijo -Y a usted, ultimamente, no le interesa que huela mal su casa, ¿verdad?- añadió.

-Mi casa olerá como a mi me parezca, ¿te enteras?- respondió, alterado. –No obstante, en caso de no haber cervezas, voy a por una lata de conservas a la despensa- dijo. –Ni se te ocurra moverte de donde estás-.

-Tranquilo, no me “moveré”-.

Tras escuchar la burlesca entonación del intruso en la última palabra sostuvo un buen rato su mirada. A continuación, se dio la vuelta para dirigirse a la cocina. Decidió que sería conveniente no permitir que esa persona saliera de su casa por sus propios medios, así que mientras pasaba por la entrada del apartamento deslizó el cerrojo medio oxidado de la puerta de salida. Sólo el sabía cómo cerrarlo y abrirlo.

Una vez en la cocina, comenzó a cavilar. Tenía unas ganas terribles de llamar a la policía y solicitar que se llevaran a ese tipo de su casa, pero ciertos comentarios suyos le disuadieron de tal acción. Quizás ya supiera de antemano lo del cuchillo. Quizás, y de esto estaba cada vez más seguro, había sido él quien se lo llevó del armario. Además el tipo le amenazó indirectamente con contárselo todo a la policía. Pensó que no era buena idea llamar a nadie hasta no escuchar lo que le tenía que contar. Una vez hecho eso, ya decidiría qué hacer. Abrió la puerta de la despensa y sacó de ella una lata de mejillones que había en una de las baldas. A continuación, abrió el primero de los cajones situados debajo de la encimera, donde guardaba los cubiertos. Extrajo un tenedor pequeño. Echó un vistazo al compartimento de los cuchillos y comprobó que, entre ellos, había una vieja navaja. La cogió y se la guardó discretamente en el bolsillo. Cerró el cajón y volvió hacia el salón. –Calma, ante todo mantén la calma- se dijo a sí mismo mientras caminaba por el pasillo.

Cuando llegó a la estancia descubrió, atónito, que el joven había desaparecido. -¿Dónde estás?- preguntó en voz alta. No hubo respuesta. Decidió buscarlo por toda la casa. No había nadie. Comprobó el cerrojo de la entrada. Seguía bloqueado en la misma posición. Comprobó las ventanas de la casa. Estaban todas cerradas. No concebia cómo pudo haberse escapado. Regresó al salón. Cuando volvió se encontró que el joven le había dejado un sobre en la mesa del salón. Depositó la lata de mejillones y el tenedor en ella y cogió el sobre. Lo abrió. Dentro de el, había una carta escrita a ordenador. Estaba tan alterado que decidió sentarse y allí leer, detenidamente, su contenido. Fuera, unas nubes comenzaban a robarle el sol a aquella luminosa tarde. Palideció el ambiente y eso lo notó justo en el momento que empezó a leer el primer párrafo de la carta.

martes, julio 03, 2007

CAPITULO 05 - OTRA REALIDAD

“Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños luchas con Dios;
y despierto, con el mar.”

Antonio Machado




-El sujeto ha sufrido una especie de brote psicótico hace un par de horas, por eso le he llamado. De entrada, es todo cuanto puedo contarle.- Habla un hombre de mediana edad vestido con uniforme, gorra incluida. A su lado, otro hombre de rasgos asiáticos. Ambos se encuentran situados en un pasillo oscuro. De fondo se escuchan sonidos grotescos que provienen de sus márgenes.

-¿Y cómo es usted capaz de determinar ese diagnóstico?. ¿Acaso es psicólogo?.- El de los rasgos asiáticos respondió, en tono severo.

-Disculpe mi osadía, señor. Ya ve cómo me gano la vida.– dijo, resignado, mientras agachaba la cabeza. -No obstante, todo el día en contacto con esta clase de personas le agudiza a uno la percepción. Además, no le conté que mi hermano estudia Psicología. Hablar con él me pemite nombrar muchos de los comportamientos que puedo observar aquí- comentó mientras volvía a alzar la vista.

-No dudo de su capacidad para clasificar comportamientos patológicos.- dijo. -Pero le agradecería que, en mi presencia, procurara ser discreto y no hacer esa clase de comentarios.- dijo, de forma casi cordial.

El hombre del uniforme miró fijamente a su interlocutor. -¿Le molesta?. En ese caso, vuelvo a disculparme por la osadía.- dijo, en tono casi avergonzado. A continuación, introdujo su mano en uno de los bolsillos de su chaqueta.

-No es necesario que se disculpe. En realidad no me molestan sus comentarios.-inspiró profundamente y esbozó una leve sonrisa –De hecho, agradezco que haya una persona normal en estas dependencias. El motivo por el que le advierto es más bien profesional. No puedo permitirme distracciones debidas a juicios externos ya que no me gusta condicionarme. No sé si entiende eso- añadió con una mirada cómplice hacia su interlocutor.

-Por supuesto, señor. A partir de ahora, mientras esté usted aquí, reservaré mis hipótesis sobre su caso.- dijo y observó más detenidamente al hombre con el que estaba conversando. Llevaba una americana gris pálido sobre una camisa blanca y, como pudo comprobar cuando se presentaron, por sus rasgos faciales parecía oriental.

-Y bien, ¿qué clase de comportamiento de nuestro sujeto ha provocado que hayan tenido que llamarme de una forma tan repentina?- El hombre de la americana preguntó, mientras mostraba una libreta y una pluma que extrajo de un bolsillo interior.

El hombre del uniforme apartó la vista de su interlocutor para ponerla sobre un punto muerto en el suelo -Espere un segundo- dijo –Va a tener oportunidad de comprobarlo en directo- comentó.

A continuación levantó la mirada y se dirigió hacia uno de los márgenes del pasillo, el cual estaba flanqueado por una serie de puertas de cuyo interior surgían susurros, llantos y alaridos de hombres desesperados. Sacó un juego de llaves del interior de su chaqueta e introdujo una de ellas en la cerradura de una puerta del márgen. Abrió la puerta despacio, provocando un chirrido suave e interminable. –Entre conmigo, ahora está tranquilo-. Accionó el interruptor de la luz, dejando al descubierto un habitáculo mugriento y cuyas paredes se encontraban acolchadas. En una esquina, acurrucado, yacía un hombre.

El de la americana observó durante unos instantes el cuerpo que se encontraba tirado en el suelo. -¿Me da usted libertad para hacer las preguntas que crea convenientes?.-Preguntó -Detesto a los alguaciles que, ante cualquier reacción violenta del interno tras una pregunta comprometedora, expulsan al entrevistador de la habitación para no volver a provocar una reacción similar.- comentó.

-Si usted me promete que no va a torturar al sujeto, puede hacer lo que le venga en gana, para eso le pagan.- respondió –Además- añadió mientras señalaba con desdén el cuerpo que habitaba la estancia -este ya está demasiado jodido, no creo que pueda llegar a más.-

-Aun no me ha respondido a la pregunta que le formulé antes. ¿Qué le sucedió a este hombre como para tener que llamarme de forma tan repentina?.- preguntó.

-Quiero que usted lo vea con sus propios ojos. Para ello, ¿puede decir en voz alta la frase “¿Quién es Clara?”.-

-¿Por qué motivo?. Ya sé que son muchas preguntas, pero prefiero asegurarme que no se trata de una broma.– se excusó. -No es que desconfíe de la seriedad de las personas que trabajan en este lugar, pero me molesta tanto secretismo- dijo mientras caminó dos pasos hacia el interno.

El hombre del uniforme sostuvo la mirada de su interlocutor -No se lo puedo explicar con claridad. Sólo sé que la reacción de este hombre ante esa pregunta no le va a dejar indiferente.- Dijo.

El de la americana emitió un profundo suspiro -Está bien, me parece razonable-. Dirigió su mirada hacia el hombre del suelo y alzó la voz de forma tranquila y firme -¿Quién es Clara?- preguntó. A continuación, se mantuvo en la misma posición esperando una reacción.

Transcurridos unos instantes, no sucedió nada. El interno permaneció como estaba.

-No lo entiendo- comentó el del uniforme –Le juro que esta mañana, cuando le pregunté eso mismo, tuvo una reacción bastante inesperada en una persona drogada hasta arriba de tranquilizantes.

-Entonces, no tendrá ningún reparo en contarme qué sucedió esta mañana o de lo contrario empezaré a dudar también de la integridad mental de los alguaciles de este lugar-

-Verá, todo comenzó con la experiencia que tuvo la persona que hacía el turno de madrugada en este pasillo y que me contó esta mañana, durante el cambio de turno. Al parecer, cuando pasó por delante de esta celda escuchó cómo, en sueños, el interno repetía el nombre de Clara constantemente y cómo, a continuación, se despertaba golpeando todas las partes de su cuerpo y emitiendo alaridos de una forma gutural.- dijo –Hace unas horas, mientras le depositaba en el suelo una manta limpia, me dio por preguntárle quién era Clara.– añadió, y su voz comenzó a acelerarse mientras hablaba –El interno se levantó y tuvo una reacción similar a como me la describió mi compañero. Fijese la clase de sujetos que tratamos aquí a diario, y sin embargo había algo especial en ese comportamiento– explicó. -El caso es que...- detuvo inmediatamente su explicación tras escuchar un profundo alarido que provenía del cuerpo del suelo.

El interno emitió una serie de gemidos. A continuación se cubrió la cabeza con sus manos y, en esa posición, retorció su cuerpo varias veces. De forma repentina se incorporó con mucho esfuerzo, manteniendo las manos sobre su cabeza. Encorvado, retiró los brazos del frente y alzó su rostro para gritar una serie de alaridos al techo del habitáculo. Cuando acabó, descendió la cabeza y puso su mirada sobre los dos observadores. Lo hizo de una forma tan firme que el hombre del uniforme tuvo que retirar la mirada hacia la sábana sobre la que estuvo tumbado el interno.

-Por favor, haga un gesto si entiende cuando le hablo- preguntó.

El interno hizo amago de asentir. Su cuerpo comenzó a temblar ligeramente.

-Bien. ¿Puedo ayudarle en algo?- preguntó de nuevo.

De repente, el hombre del habitáculo movió la boca. Balbuceó varias veces, intentando articular unos sonidos. –¡Má...!. Má...t...t...t... ¡ngh!.. me.- su rostro se desencajó varias veces en exageradas muecas de esfuerzo. -¡Mátenme!- gritó con un gesto de profundo dolor.

-¿Por qué quiere tal cosa?. Si le matamos, no tendrá ocasión de ponerse bien- respondió.

El interno comenzó a golpearse de forma repetida la cabeza con la palma de la mano. Volvió a mirar fijamente a su interlocutor –Porq..¡ngh!- no llegó a completar la frase, dirigió sus brazos hacia delante y caminó de forma amenazante hacia el hombre de la americana.

El del uniforme, tras ver el gesto, extrajo una porra que llevaba enganchada en el lateral izquierdo de su cinturón y se dirigió hacia el interno con el arma alzada.

-¡No lo haga!-. Ordenó el de la americana.

-¡Le va a atacar!-.

-¡Haga caso a lo que le dije al principio y no interfiera!.-

El interno se detuvo en seco, dirigiendo un brazo hacia sí mismo -¡Soy un asssiii...!. ¡Soy un asssesssi-no!. ¡Mátenme!. ¡MÁTENME!- gritó. Nuevamente alzó la vista hacia el techo y emitió un profundo alarido. De repente, comenzó a tambalearse y se desvaneció al suelo sin que pudieran intervenir los dos hombres que estaban observando el suceso. Se mantuvo inmóvil, volviendo a encontrarse en un estado de total incosciencia.

Una sirena comenzó a sonar de forma intermitente. El hombre del uniforme se dirigió hacia la salida –Hora de drogar a los internos- dijo. -Siento decirle esto, pero tiene que abandonar la estancia- añadió -En este momento toca medicación y el centro es muy estricto con esa rutina-.

-Entiendo- respondió. – Permítame mostrarle mis disculpas por alterarme con usted antes-.

-Aceptadas-

Ambos salieron de la estancia y, mientras el hombre del uniforme cerraba la puerta con llave, el de la americana mantuvo, pensativo, su vista hacia el interior. –Una cuestión antes de irme. Antes de ingresar en este centro, ¿el interno había sido juzgado por algún hecho delictivo del grado que el mismo se autoinculpaba? – preguntó.

-No – respondió.

El hombre de la americana asintió. –Comprendo, suele pasar.– dijo -De forma general, las personas que sufren una patología mental de las características de este sujeto tienden a formarse una nueva vida que sólo existe en sus cabezas. Así escapan de una realidad que les es desagradable-.

-Pero... por las reacciones que está teniendo, la vida elegida en su mente no es tan maravillosa que digamos-. Comentó.

-Qué quiere que le diga.- respondió –Hay personas que, del mismo modo que no son capaces de vivir su propia vida, tampoco lo son de elegir sus propios sueños- añadió –En cualquier caso, puede que me esté aventurando demasiado en mis suposiciones. En cuanto me sea posible, empezaré a trabajar sobre el caso. Ha sido usted de gran ayuda, gracias por darme el aviso. –Buenas tardes-.

-No hay de qué- dijo. –Buenas tardes-.

jueves, abril 05, 2007

CAPITULO 04 - A LA HORA DE COMER

“Ya nunca podrá irse
porque no sabe nadie que está aquí”

J.M. Caballero Bonald




La llavé penetró la cerradura con más facilidad que de costumbre. Abrió la puerta dejando tras de sí un agotador día de trabajo. Depositó las llaves en la entrada, se descalzó y se dirigió al baño para orinar. Cuando acabó, se encontró tan cansado que prefirió dirigirse al salón para sentarse en un pequeño sofá antes que ir a la cocina para preparar algo de comer. Cerró los ojos y permaneció estático, respirando cada vez con menos frecuencia.

Un ruido lejano de sirenas se cierne sobre el lugar. Está oscuro. El ruido se apaga, y un silencio sepulcral domina la estancia. Hace calor, pero no llega a ser agobiante. Poco a poco, una tenue luz comienza a abrirse paso en la habitación. Desde sus ojos se ve borrosa. Todo es niebla, incluida la ropa. De fondo, empieza a escucharse una combinación de sonidos. Al principio parecen chirridos de puertas lejanas, pero pronto se convierten en horribles lamentos, apenas audibles. Fijando la vista en un punto, observa un circulo gris claro en la pared rodeado de un halo negro que se difumina hacia fuera y emite prolongaciones convergentes hacia dentro. Se vuelve cada vez más nitido. Los sonidos persisten, resultan muy desagradables. En la pared no solo hay uno, sino varios circulos en filas y columnas, alineados de forma perfecta y con las mismas tonalidades. La vista se posa sobre uno, salta sobre el de más arriba, luego se mueve hacia el de la derecha depositándose sobre el de más abajo, y sigue saltando uno más, otro más, y otro, y otro...

Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron. Se levantó del sofá y escuchó un murmullo intenso en la calle. Se acercó a la ventana del salón y deslizó suavemente las cortinas para ver qué pasaba. Habían dos coches de policía aparcados justo enfrente del edificio. La calle rebosaba de gente, con esa facilidad morbosa de reunión ante la inminencia de una desgracia. Se habían situado en torno al portal, en primera fila para enterarse bien de todo. Y si hay tragedia, mejor. Ya tienen tema de conversación para esa tarde. Mientras esto sucedía, llamaron de nuevo a la puerta. Se aproximó a la entrada y arrimó el ojo a la mirilla. Dos policías estaban esperando en el otro lado. Uno de ellos era aparentemente más jóven que el otro. El que parecía mayor tenía el pelo castaño y lucía unas prominentes patillas. El jóven tenía perilla y el pelo muy corto. Miraba compulsivamente el reloj. Parecía nervioso. Ambos mostraban un rostro de circunstancia. Un sudor frio recorrió su cuerpo. Ante la insistencia de la policía decidió abrir, a pesar de todo. Nada bueno había sucedido, eso estaba claro pero, ¿por qué interrogarle precisamente a él?.

–Buenas tardes– saludó el mayor de los dos –Mi compañero y yo venimos a hacerle unas preguntas, si no es mucha molestia – Su tono de voz era tranquilo. Quizás demasiado tranquilo.

–En absoluto agentes– respondió –Acabo de llegar del trabajo y estoy un poco confuso, ¿serían tan amables de indicarme qué está pasando?-.

–Verá, seré todo lo breve que la situación me permite en este momento – comentó el más jóven, un poco inquieto– Una vecina de su edificio ha sido asesinada en su propio domicilio. Desconocemos el móvil y, por supuesto, la autoría, pero le puedo asegurar que yo al hijo de puta que ha sido capaz de algo así lo mato, aunque me cueste la placa– golpeó de forma enérgica la pared mientras le miraba fijamente con intensa rabia. A continuación, apartó la vista, levantó las manos en gesto de disculpa y retrocedió un paso.

–Lo que mi compañero trata de decir– prosigió el otro agente –es que el cadáver apareció en unas circunstancias demasiado grotescas. Para ahorrarle la intriga, le diré que se encontraba sentado en una silla de la cocina, con las piernas abiertas y los brazos mirando hacia fuera. Estaba desnuda, y los pechos estaban seccionados. Se encontraban tirados en el suelo. Hay más: los brazos finalizaban en unos sangrientos muñones a la altura de las muñecas. ¿Adivina dónde encontramos la mano derecha?. Las piernas, como le he dicho, estaban abiertas. Inusualmente abiertas. Ya puede deducir dónde, el muy hijo de puta...– miró hacia el suelo e hizo amago de escupir-. Aun no hemos encontrado la otra mano, supongo que aparecerá en algún retorcido lugar, pero es que el espectáculo es tan dantesco que, por el momento, no se nos ha ocurrido nada–. Terminada la explicación, encendió un cigarro. Le pareció que ese policía era el jefe y el jóven su subordinado.

–Ya, y están interrogando a los vecinos por si han visto o sentido algo o a alguien peculiar en las últimas horas-.

–No exáctamente, señor– respondió el mismo agente. -Verá, el asesino debió pisar la sangre de la escena del crimen pues ha ido dejando un rastro mientras se desplazaba. El problema es dónde nos ha conducido el rastro, y la razón por la que hemos llamado a su domicilio sin pensarlo-.

-De verdad, no les entiendo- respondió.

–Señor– añadió el policía jóven, desde su posición – El rastro de sangre conduce hasta la puerta de su domicilio.

Ahora una angustia recorrió todo su cuerpo. Recordó de golpe lo sucedido esa misma mañana –Estaba tan cansado...- pensó. –Esta situación no tiene ningún sentido.-

-Señor, ¿le ocurre algo?– comentó, suspicaz, el otro agente. –Ahora, le debo pedir que nos deje entrar unos instantes en su domicilio. Ya sé que no es una situación agradable para usted, pero necesitamos investigar el escenario en su conjunto. Y, viendo la fijación del asesino por su puerta, su domicio también entra dentro de la escena del crímen– Su tono de voz se elevó ligeramente, aunque sin perder la serenidad con la que estuvo hablando antes.

–Si les da por registrar y descubren el cuchillo que tengo escondido en el armario ya me puedo dar por jodido- pensó, angustiado. Pero no podía negarle a la policía entrar en su casa. -Lo mismo, igual me llevan detenido a comisaría- pensó mientras retrocedía de la puerta hacia la entrada del domicilio –Entren. Hagan lo que estimen oportuno pero, por favor,– advirtió –sean breves. Dentro de un rato tengo que salir a unos recados-.

-No se preocupe, sólo hemos venido a echar un vistazo– sonrió de forma poco cordial y le hizo un gesto de avance al más jóven, el cual comenzó a moverse de forma timida por el domicilio.

Lo primero que observaron fue el suelo. Los rastros de sangre se detienen en la puerta, pero no siguen más allá. Tardaron diez minutos en rastrear la casa. Escudriñaron todo minuciosamente, pero como no llevaban orden de registro no podían revolver ningún objeto personal. No obstante, al llegar a la habitación, el policía más maduro se detuvo delante del armario.

-He de pedirle que me abra este armario– ahora su tono sonaba áspero. Desde luego, se había percatado de algo. Y, efectivamente, habia fijado su vista sobre una mancha de sangre reseca, apenas visible, situada en el márgen izquierdo del pomo.

-¿El armario?. Pero si ahí no hay nada- Estaba visiblemente nervioso, lo cual aumentó el interés del policía por echar un vistazo dentro.

-Mire, me temo que no le queda más remedio que colaborar. De lo contrario, mi compañero y yo nos veremos obligados a llevarle a comisaría por sospechoso de asesinato- Lo dijo de una forma tan sosegada que daba miedo.

-Ya está. Ahora descubren el cuchillo ensangrentado y me culpan de los dos asesinatos. Date por jodido, imbécil- pensó mientras accedía a la petición del policía. Abrió lentamente la puerta del armario, dejando al descubierto todo lo que ocultaba.

Nada. No había nada. O al menos, nada fuera de lo común. Un par de camisas, una montaña de camisetas dobladas, una cazadora vaquera y un forro polar. Pero en la esquina donde esa mañana había depositado el objeto, ni rastro. Se tambaleó y se sentó de forma brusca en la cama. -¿Qué demonios está pasando aquí?- pensó. Comenzó a temblar.

Los policías no tocaron nada pues el armario tenía poca ropa y permitía ver con claridad que sólo había eso. –Gracias. Ya puede cerrar la puerta- solicitó el más tranquilo de los dos. –Le muestro nuestras disculpas, señor- dijo. –Espero que comprenda que la atrocidad que acabamos de ver hace escasos minutos nos tiene alterados y actuamos de forma condicionada a ello.– Mientras dijo esto le tendíó una mano. -Además, está la chica asesinada anoche, ¿se ha enterado?-.

-Si, lo vi en las noticias esta mañana, antes de irme a trabajar. Un hecho terrible -respondió.

-Creemos que hay relación entre ambos crímenes.- continuó el policía -Dos sucesos aparentemente inconexos sucedidos casi al unísono deben de ser estudiados con mucha atención.- sentenció –Ahora, mi compañero le tomará los correspondientes datos por si necesitamos más de usted. Gracias por colaborar, y buenas tardes.- Se dio la vuelta mientras el jóven se acercó hacia él con una libreta. Pidió sus datos personales y alguna pregunta de situación tal como hora de salida y llegada al domicilio, algun hecho peculiar que le hubiera llamado la atención ese día y un número de teléfono por si volvían a necesitar contactar con él. Respondió a todo con voz aséptica, sin crédito a lo que acababa de presenciar. -¿Por qué entraría alguien en casa a robar un cuchillo? ¿Es que acaso algún maníaco quiere cargarme sus muertos?-pensó.

Todo le pareció tan confuso que tuvo un ligero mareo una vez despidió a los policias de su casa. Imaginó podría ser debido a que no había probado bocado desde esa mañana, así que decidió acceder a la cocina para preparar la comida. Recordó que tenía unas verduras en un cajón situado en la parte baja de la nevera, así que la abrió y lo deslizó hacia fuera. Cuando echó la vista hacia su interior, el corazón se le disparó de forma tan repentina que casi le da un infarto. Al lado de dos calabacines había una bolsa de plástico en cuya superficie asomaba, a modo de protuberancia, una uña. No se atrevíó a tocar con sus manos, así que cogió un calabacín y removió la bolsa. Había sangre, hasta que por fin pudo observar el conjunto. Dentro yacía una mano humana. El mareo volvió a su cabeza, perdió la orientación, luego el conocimiento y cayó al suelo inconsciente. Fuera, en la calle, la gente había saciado su morbo tras conocer el macabro suceso. En ese momento, ya no había nadie. Era la hora de comer.

martes, febrero 13, 2007

CAPITULO 03 - LA NOTICIA

“Tras la clara voz que ocultan
las tapias del monasterio,
tras los carteles de cine,
tras el olor de los setos,
tras las partidas de naipe,
la tos, las manos, el beso,
hay siempre una clave privada,
hay siempre un secreto perverso.”


Jaime Gil de Biedma




Las siete y media de la mañana. La radio del despertador se encendió con un solo de guitarra acompañando la sexual voz de Robert Plant. La música lo hizo levantarse de la cama precipitadamente. Dejó la sábana revuelta y abrió la ventana para airear la habitación. Se dirigió al baño para tomar una ducha rápida. Se quitó la camiseta, la ropa interior y abrió el grifo de la pequeña ducha situada en una esquina del cuarto. Tanteó la temperatura del agua hasta que le pareció adecuada y se metió debajo. Sonaron los acordes finales de la canción con la que se levantó, dando paso al noticiero de las mañanas. Mientras el agua caia sobre su cuerpo, notó una leve molestia en el tobillo derecho. Detuvo el agua un instante para enjabonarse, sintiendo dolor en las palmas de las manos. Accionó de nuevo la ducha para permitir que el agua se llevara toda la mierda acumulada el dia anterior. Una vez hubo finalizado, estiró el brazo izquierdo para alcanzar una toalla blanca que estaba colgada de un gancho situado en la puerta. Se secó despacio empezando por la cabeza. Puso el pie derecho sobre la tapa del water y observó el tobillo: había tres marcas alargadas, una a continuación de la otra, en sentido longitudinal y rodeadas de un halo enrojecido. No eran muy profundas y, como no tenía tiempo de pensar en ello, no les prestó importancia. Se ató la toalla al torso, volviendo a su habitación para vestirse lo antes posible y salir a trabajar.

Mientras entraba por la puerta escuchó el parte informativo, donde un periodista estaba comunicando una trágica noticia: Una jóven acababa de ser encontrada muerta en los alrededores de su barrio. Detuvo toda la atención a los detalles del suceso: Se llamaba Blanca, y salíó del domicilio de su novio hacia las nueve de la noche. Según declararon algunos vecinos, mantuvieron una fuerte y acalorada discusión. Como había poco trayecto para llegar a su casa y le apetecía caminar tranquila, decidió atravesar un paseo con poca iluminación. Y fue ahí, en la oscuridad de la noche, donde perdió la vida. Las fuentes policiales aun no se explican cómo sucedió, sobre todo después de comprobar el estado del cadáver: estaba completamente desnudo, situado sobre unos matorrales a doscientos metros del paseo principal. Estaba repleto de cardenales y magulladuras, y se encuentran a la espera de la autopsia para comprobar alguna evidencia de violación. Un hecho llamaba la atención frente al resto: el cadáver no tenia cabeza. Esta se encontraba en la acera próxima a uno de los accesos que comunicaban el paseo con la carretera, debajo de un gran charco de sangre. De hecho, habia sido seccionada de forma tosca, posiblemente usando un arma blanca y, desde luego, muy bien afilada. El rostro se encontraba ligeramente deformado a causa de un golpe frontal. Queda a disposición de los forenses si dicho golpe fué causado "post mortem" o es otro signo de violencia anterior al brutal asesinato. Como último apunte la ropa de la jóven fué encontrada alejada del cuerpo y empapada de sangre, lo que hace suponer que fué retirada después de su decapitación.

Cuando finalizó la descripción del suceso dieron paso a las noticias deportivas, pero él permanecíó de pie y completamente rígido, sin poder cambiar de posición. La toalla se deslizó caderas abajo, y su corazón empezó a latir de forma intensa. Tuvo que sentarse encima de la cama para asimilar lo que acababa de escuchar. De pronto, un sudor frío empezó a recorrer todo su cuerpo cuando asoció el macabro suceso con su vuelta a casa la noche anterior. Ansiedad. Su cuerpo empezó a tiritar, no de frío, de ansiedad. En su mente quiso escapar de la obviedad, pero resulta que los hechos descritos por el noticiario coincidían de forma horrible con sus extrañas percepciones. Empezó a escuchar dantescos maullidos que venían del recuerdo, de la angustia que le provocaron y, ahora, de la dolorosa realidad. Se sintió mareado, y le llegó un repentino acceso de náuseas cuando echó la vista hacia abajo y volvió a mirar, esta vez de forma accidental, las marcas del tobillo derecho. No quiso pensarlo, pero no pudo reprimirlo. Para evitarlo, un impulso le llevó a buscar otra evidencia menos desagradable en las deportivas que llevó la noche anterior. Se encontraban debajo de la cama. Se agachó y las recogió sin mucho esfuerzo. Las giró y miro ambas suelas. Una de ellas, normal. Falsa sensación de alivio que se convirtió en terror cuando comprobó la otra suela. Una sustancia ennegrecida estaba adosada a ella, extendida como mancha roja y difusa por los laterales de la zapatilla. No le hizo falta más. Empezó a concretar las evidencias.

El sudor acumulado le enfrió la espalda, así que buscó la toalla por el suelo. Una macabra sorpresa le esperaba a las patas de la silla donde dejó depositada su ropa. Cuando lo descubrió, emitió un grito sordo. Un cuchillo yacía en el suelo. Quiso consolarse – Cualquiera puede tener algo así tirado por la habitación – pensó. Pero un cuchillo de unos dos palmos de longitud y con el borde y márgenes ensuciados por una capa rojiza y reseca ya es menos normal. El temblor se apoderó definitivamente de su cuerpo y empezó a sentirse ahogado con su propia respiración desacompasada, cargada como estaba de miedo e inseguridad. Su vista no se apartó del objeto. – Pero...¡¿Qué cojones hace eso aquí?! – pensó, incrédulo, asociando de forma sugestiva la muerte de aquella chica con el cuchillo del suelo. No se atrevió a tocarlo, cuanto menos acercarse, tan sólo miró fijamente su brillo, tan amenazador como opaco a causa de la costra que lo cubria de forma irregular. Sin pensar en nada más, se tumbó boca arriba sobre la cama y pensó que todo era fruto de una grotesca pesadilla urdida por una jugarreta de su subconsciente. Cerró los ojos. Al abrirlos, se incorporó y volvió a mirar. Tras comprobar que el cuchillo seguía tirado en el suelo, en un acto irracional como la propia situación, rompió a llorar.

Transcurrieron quince interminables minutos hasta que pudo recuperar el control de si mismo. Ahora miraba hacia la puerta, con la vista perdida. Ordenó su mente: ¿Cómo pudo llegar a su habitación semejante objeto?. - Tal vez - pensó - cuando tropecé - no se atrevió a imaginar con qué - se encontraba tirado en la acera y me lo enganché a la chaqueta -. Por muy inverosimil que le pareció este supuesto lo adoptó con el fin de tranquilizarse. No estaba para más inquietudes. Además, ante todo, debía deshacerse de el lo antes posible. El hecho de tener prisa por causa laboral no le ayudó a pensar en cómo. Quizás, si lo depositaba en el lugar del crimen, el problema estaría solucionado – Una idea nefasta – pensó. – Si alguien me ve, estoy jodido – concluyó. – No obstante, me estoy dejando llevar de forma paranoica. – Intentó razonar poniendo en duda su temor. – No hay pruebas que demuestren que sea ese cuchillo el arma homicida. No obstante, está muy afilado. Y esa apariencia sangrienta que recorre todo su filo no me ayuda, ¡joder! –. Se dio un golpe en la cabeza con una mano, emitiendo un gemido tras obviar la quemazón de las palmas sufrida con la caida.

Pensó en cómo manejar el objeto – Por supuesto, no puedo permitirme tocarlo con mis manos. Pero, ¿y si ya he tenido contacto con él?. Quizás sea mejor idea limpiar bien el mango para no dejar huellas. ¿Y si hago lo mismo con el filo? –. Un respingo le entró al pensar en eso. Al fin y al cabo, si realmente es el cuchillo homicida, le dio asco pensar qué fue lo último que seccionó antes de engancharse a su ropa. Decidió coger una bolsa de plástico que había guardada en un cajón de su mesita, enguantarla en su mano, recoger el cuchillo, cerrar con doble nudo y ocultarlo en un rincón del armario hasta que tuviera tiempo para pensar detenidamente cómo deshacerse de el. Seguía desnudo, así que procedió a vestirse. Al terminar, se puso la misma chaqueta que llevó el dia anterior y salió de la habitación. Giró la cabeza para mirar al interior. Desplazó lentamente la puerta. – En menuda me he metido. ¿Cómo ha sido posible?. - se lamentó. Llegó al pasillo, abrió la puerta de la entrada, la atravesó y, de forma brusca, la cerró tras de sí.

Bajó apresuradamente las escaleras. Se sorprendió al darse cuenta que, desde que conoció el suceso, había pensado más en si mismo que en la verdadera víctima del crimen. – Me doy asco – Sentenció, y decidió intentar olvidarse del asunto durante el resto de la mañana. Cuando llegó al portal, saludó con un movimiento de cabeza a un chico con visera que servía los buzones de abundante publicidad sobre ofertas de una conocida cadena de supermercados. El chico lo vió salir del portal y alejarse por un paseo de peatones situado justo enfrente del edificio. Llevó su vieja chaqueta abrochada hasta la garganta, una mano en el bolsillo y la otra balanceandose respecto al cuerpo para caminar más deprisa. El jóven vestía cazadora corta y de colores claros, con capucha, y unos pantalones vaqueros a juego con unas deportivas azul oscuro. Cuando acabó la tarea, fijó su mirada en un buzón concreto. Esbozó media sonrisa. En ese momento, la luz del portal se apagó, y su sombra se desplazó en dirección a las escaleras.

viernes, diciembre 01, 2006

CAPITULO 02 - EL PASEO

“"Tras el muerto en el estanque,
tras el fantasma en el huerto,
tras la señora que baila
y el hombre que bebe obseso,
tras la expresión de fatiga,
la jaqueca y el lamento,
existe siempre una historia
que no es jamás la que vemos"


Jaime Gil de Biedma



Salió del domicilio de Clara y caminó por la acera, despacio, con la vista puesta por casualidad sobre un camión de la basura cuyo brazo mecánico estaba engullendo todo lo que salía de un contenedor amarillo. De fondo escuchaba los grillos que cantaban entre los arbustos de un parque cercano ante un público de hojas, zarcillos y ramajes. Absorto, mantuvo la cabeza en otra parte, repitiendo de forma constante un mismo pensamiento que ni él mismo tenia en cuenta. El único movimiento consciente fué una leve tos que se manifestaba de vez en cuando y venia a visitarle sólo cuando estaba fuera de casa.

Siguió caminando y las calles se volvieron más oscuras. El silencio fué presentándose cuando quedó tras de sí una fuente de cuyo caño manaba un minúsculo chorro de agua. Seguía sin pensar en nada concreto, pero cada vez fijaba más su atención sobre el entorno. Cruzó la carretera para adentrarse en un paseo oscuro, pero de tránsito obligado para llegar a su casa. A medida que avanzaba, iba aligerando la marcha. El silencio envolvió el entorno, hasta volver insoportable la estancia en aquel lugar. Incluso sus pasos quedaban atrapados en una especie de neblina hermética e imaginaria que cubría todo el espacio. Tosió, y en aquel momento se percató que estaba ligeramente alterado. De pronto, escuchó unos sonidos que poco a poco fueron volviendose más nitidos. El primero y más evidente parecía un chirrido, del tipo que haría una tiza al deslizarse de forma violenta sobre la pizarra. Con un poco más de imaginación, se asemejaba a un cuchillo rozando una superficie metálica. Otra clase de sonido emergió, emitiendose de forma frecuente y sin continuidad aparente, cada vez con más intensidad. Parecían pasos. Que hubiera otra persona caminando a aquella hora por el paseo no le inquietaba demasiado, pero sí desconocer dónde se situaba. El ambiente se había vuelto tan denso que no era posible distinguir qué o quién emitia esos sonidos.

Un escalofrío lo recorrió desde la base de la espalda hasta su nuca, lo que le llevó a coger impulso y caminar más deprisa, con el fin de escapar de aquel lugar lo antes posible. No obstante, otro sonido lo detuvo de forma brusca. Contuvo lentamente la respiración, produciendo una mayor sensación de ansiedad por todo su cuerpo. Una serie de desagradables gemidos, casi inaudibles, rasgaban el ambiente como tela envejecida. La inquietud se apoderó de él, debido a la necesidad de deducir con exactitud qué era ese sonido. Por pura curiosidad, pero también por sentirse más seguro y tranquilo. A ratos eran maullidos de un gato hambriento y desesperado. Tal vez fuera un bebé deformando su voz en un interminable llanto o, incluso, una mujer pidiendo socorro a gran distancia. Resultaba imposible descubrirlo, y eso lo llevó a una irracional desesperación, rozando el límite de la paranoia. Volvió a caminar deprisa, ansioso por escapar como fuera de aquella situación. Pisó un charco y, al siguiente paso, tropezó en el pie con un objeto de una textura plástica, parecido a un balón de fútbol medio desinchado, pero que lo precipitó hacia el suelo debido a su propia alteración. Frenó el golpe con las manos, lo que dejó un resquemor en las palmas y un leve rasguño en la muñeca. Se incorporó y, sin comprobar qué le había hecho caer, se lanzó a la desesperada hacia una calle amplia e iluminada que se encontraba detrás de una esquina, justo al final del paseo. Una vez allí, respiró profundamente. Su rostro reflejaba una situación de alivio extremo. Caminó de forma atropellada el camino que quedaba hasta su domicilio.

Llegó al portal y subió las escaleras con mucha soltura. Se situó delante de su puerta y buscó precipitadamente las llaves. Introdujo una de ellas en la cerradura y se atascó cuando intentó abrir. En esa situación, no le quedaba más remedio que tirar del pomo despacio y girar la llave con un golpe seco para que el mecanismo de la cerradura le permitiera vencer la resistencia de un engranaje ya desgastado con el tiempo. – Un dia de estos esta mierda revienta y tendré que llamar a un cerrajero – pensó mientras accedía a su domicilio y tiraba su vieja chaqueta sobre una silla situada justo a la entrada. Encendió la luz del pasillo y emitió un sonoro suspiro. Descalzó sus zapatos y se dirigió a la cocina. Pensó en cenar algo antes de irse a dormir, pero cuando abrió la puerta de la nevera y comprobó que sólo quedaban dos trozos de queso y los restos de una barra de fuet decidió que no era un buen plan para finalizar el día, así que de la cocina se dirigió a su habitación para dormir lo antes posible. – Hoy ha sido un dia extraño. Veremos si esta noche pasa rápido. – . Mientras se desnudaba iba depositando la ropa, sin mirar, sobre el respaldo de una silla de madera, de esas que empiezan en la cocina y terminan en cualquier sitio. Ya, cuando sólo quedó sobre su piel una camiseta, se tumbó de forma brusca en la cama para luego envolverse con la fina colcha que cubría, arrugada, su superficie. Así permaneció un buen rato hasta que se le cerraron los ojos. Cambió de posición, recostandose sobre su lado izquierdo, mientras el sueño sustituyó de forma sutil la oscuridad de su habitación. Ni tan siquiera se percató del ruido que, un momento después, provocó un objeto al caer desde la silla al suelo. Un sonido seco, de contacto. Otro metálico, de abatimiento. La tenue luz de un despertador situado sobre la mesa de noche incidió en su superficie, moldeando sobre el objeto una inquietante forma afilada.

martes, septiembre 26, 2006

CAPITULO 01 - LA PESADILLA

“Vino el ángel de las sombras,
Yo, en pie, resistiéndole.
Esperando que, al cantar
los gallos, huyese.
Alucinado, queriendo
vencerle, venciéndome”


José Hierro



Estoy dando un paseo por la calle, solo, con una ligera brisa rozándome el rostro. Por el suelo, abundantes hojas de castaño dejan ver en qué época del año me encuentro. Sigo caminando, sin rumbo, sólo por el placer de observar los acontecimientos de una tarde cualquiera en mi ciudad. Acabo de llegar a una amplia plaza custodiada por un edificio monumental del siglo XVI. En torno al monumento, un reducido grupo de turistas fotografían su fachada mientras observan los matices de su estructura con una mezcla de interés y asombro.

Un anciano se cruza conmigo, ausente, con pasos lentos mientras carga el peso de su cadera sobre su cachaba, en un indeciso vaivén de avanzadilla. Un grupo de chavales sentados en unas escaleras de hormigón se rien tras el paso de dos chicas que caminan con paso acelerado, una de ellas mirando, nerviosa, el reloj de su teléfono móvil. La risa del grupo viene a cuento de uno de ellos, el cual se ha quedado mirando más de la cuenta, atontado, mientras el resto de la pandilla se está mofando de el. Una mujer, en apariencia jóven, desplaza un carrito negro de bebé y con capucha azul marino. Observa atenta los inciertos movimientos de un ciclista que está a punto de cruzarse con ella y su retoño. El ciclista está pensativo, pero no descuida que está transitando por la acera y, por ello, se desplaza a velocidad de paseo. Ello le obliga a adoptar un equilibrio oscilante para no caer al suelo. No le merece la pena desmontar la bicicleta, pues en pocas pedaladas está rodando sobre la carretera, la cual rodea toda la extensión en semicírculo.

Mientras observo todo esto, noto cómo la brisa se hace más fuerte, hasta ulular por entre los callejones situados a un extremo de la plaza, justo en frente de la carretera. Y, de pronto, el día se oscurece por la acumulación de densas nubes de tormenta. Y comienzan a caer las primeras gotas. Miro hacia atrás y, a lo lejos, todavía puedo ver al anciano de antes resguardarse debajo del toldo de una cafetería. Yo, sin desviarme del camino ni modificar el paso, sigo caminando. Me gusta la sensación que provoca la lluvia al estrellarse contra mi pelo. Además, se va haciendo cada vez más copiosa e intensa. Y penetra por mis fosas nasales un agradable olor a humedad. Mientras disfruto imaginando esto, noto que algo extraño sucede. De pronto, alzo mis manos y las situo delante de mi vista. Están secas. Y las gotas de lluvia, lejos de cubrirlas, se desvían cuando van a impactar contra ellas. Giro la cabeza en torno a mi hombro y observo exactamente lo mismo. Con un repentino gesto, asciendo la mano izquierda hasta situarla sobre mi pelo y sacudo de forma violenta los cabellos. Secos. Miro al cielo y, atónito, contemplo que las gotas de lluvia se desvian ante mi rostro para impactar en el suelo. Todo mi cuerpo repele el agua que, sin embargo, empapa cada elemento del entorno.

Mi corazón comienza a acelerarse, y mis ojos se mueven con violentos espasmos de pánico. El aire entra con mayor dificultad en los pulmones y me duele. Quiero gritar y no puedo, así que echo a correr con todas mis fuerzas. Mientras tanto, parece como si los arboles de la plaza se inclinan hacia mi, como si el fuerte viento los doblase, pero no siento que se oponga durante mi desplazamiento. Y mientras todo esto sucede echo un vistazo a mi brazo y compruebo, aterrado, que sus venas se hinchan cada vez más para, al instante, formarse hematomas por todos sus márgenes. El brazo se vuelve negro y comienza a expulsar sangre por todos los poros. Así sucede con el resto de mi cuerpo, tiñendo de hemoglobina la ropa que llevo puesta. En ningún caso cubre mi piel. Es como si, de repente, todo mi cuerpo tuviera una consistencia cerea. Sigo corriendo pero no respiro, la vista comienza a nublarse y justo cuando voy a desfallecer despierto con un grito sordo entre las sábanas empapadas de sudor.


- ¿Desde hace cuánto tienes esta pesadilla? – La mirada de ella se clavaba en su rostro atentamente, como si la experiencia que le acababa de contar hubiera penetrado como un cuchillo en su estómago, raspando con el filo el origen de todos sus sentidos. Ambos se encontraban, sentados, sobre un amplio sofá en el salón de un discreto apartamento.

- No lo sé, Clara. Lo curioso es que no recuerdo si llevo toda mi vida con ella, o sólo desde hace un tiempo. – Respondió despacio, dosificando el aliento con cada palabra, como si acabase de tener la pesadilla en el instante de contarla.

Ante su respuesta, ella adoptó una mirada suspicaz. – Hombre, no creo que lleves toda tu vida. Hay mezcla de sensaciones que sólo has podido tener en determinadas experiencias. –

Mientras escuchaba el breve comentario de su amiga, levantó de una mesa situada enfrente de ellos una botella de White Labbel y observó, resignado, su contenido. Vacía. Entre los dos se habían bebido los últimos vasos que quedaban del aureo licor que albergaba la botella. Su mirada se dirigió, ausente, hacia el marco de la puerta que daba entrada a un pequeño cuarto de baño.

– No me refiero a la pesadilla en sí – dijo – sino al cúmulo de emociones que genera en mi interior cada vez que se reproduce en mis sueños. –

- Uhm... interesante. – En un gesto de excesiva teatralización, rascó su propia barbilla con la mano derecha.

– ¿Qué te resulta interesante? – preguntó el, desviando su atención del marco hacia el rostro de su amiga. Por primera vez desde que finalizó la narración, la miraba directamente a los ojos.

- Aún no lo sé – respondió ella – pero la lluvia desencadenada mediante una tormenta, y la sangre manando de tu cuerpo, representan dos sentimientos negativos según los diccionarios de interpretación de los sueños. –

- Explíca, por favor, a qué te refieres con eso. – Mientras decía ésto, se inclinaba levemente hacia ella.

– Verás – respondió – Por un lado tienes la lluvia. En condiciones normales, la lluvia representa fertilidad y pureza. Desencadenada a través de tormenta, representa el advenimiento de un problema, peligro o situación inoportuna. Por otro lado, está la sangre. Manando de tu cuerpo sin origen claro, de forma difusa, y empapando tu ropa implica algo que está inacabado y que puede ser conflictivo. También puede interpretarse como un peligro que se cierne sobre ti, o enemigos esperando la oportunidad de hundirte al menor descuido. –

Tras escuchar esto último, el adoptó un sutil gesto moviendo la cabeza hacia un lado – Comprendo. – dijo – Ahora resulta que crees en maguferías esotéricas. La verdad, no sé si hice lo correcto al contarte mi pesadilla. –

Ahora ella estaba perpleja por la reacción de su amigo, por lo que intentó aportar una improvisada justificación de sus palabras mostrando un encubierto tono de reproche. – Bueno, tampoco hace falta que te pongas así. - dijo - Solo intentaba buscar una explicación. –

- Explicación basada en suposiciones sin fundamento – respondió – Si pretendías reirte de mis sentimientos, haber sido un poco más original. – Mientras decía esto, se levantó de forma precipitada de su asiento. Ahora su expresión era discretamente despectiva.

- Joder, qué susceptible te has puesto. – replicó ella de pronto – Veo que estás alterado, será mejor que descanses un poco. Y no te obsesiones tanto por tu pesadilla. Seguro que, tarde o temprano, das con el orígen de ella. Aunque, según tu, mis opiniones no valgan una mierda. – Estaba molesta, pero su voz seguía siendo tranquila.

Él escuchaba, avergonzado por su actitud, mientras permanecía levantado. Caminó hacia el perchero, situado en el márgen izquierdo de la entrada, para recoger una vieja chaqueta de punto. A continuación, se acercó hacia ella hablando en tono conciliador - Mejor lo dejamos, ¿quieres? – dijo – Además llevas razón: necesito descansar. Siento haberte respondido de una forma tan desafortunada, Clara. –

- No pasa nada – respondió ella – Comprendo que, si te preocupa, te sientas de alguna forma incómodo cuando alguien intenta buscar una explicación a ese hecho. Pero será mejor que no te lo tomes tan en serio. Estoy segura que no es tan grave la cosa. – Seguía ligeramente alterada por la discusión, pero su tono de voz se mantuvo constante.

- Comprendo. – respondió él – Ahora he de irme. Mañana tengo que levantarme algo más pronto que lo habitual. Asuntos del trabajo. – Se dirigió a la entrada y abrió la puerta lentamente. A continuación, se mantuvo quieto mientras esperaba que ella se despidiera.

Ella observó cómo se alejaba. Apuró de un trago el whisky que quedaba en su vaso. Luego lo posó sobre la mesa, justo al lado de la botella. Se pasó un dedo por la comisura de los labios, recogiendo una gota de alcohol que habia quedado suspendida en ellos. – Como tu veas. – dijo – A ver si la próxima vez que hablemos me cuentas qué tal va tu trabajo. –

- Sigue en marcha. – respondió – Eso ya es información suficiente... de momento.

Se encontraba situado en el umbral de la puerta, de espaldas, cuando giró su cabeza para dirigirse hacia ella. Esbozó media sonrisa. A continuación, dió un paso hacia el exterior y, antes de cerrar la puerta tras de sí, levantó su mano izquierda enseñando el dorso, en un gesto de vaga despedida. Ella ya no miraba hacia la entrada. Había agachado la cabeza mientras se recostaba sobre su asiento mientras su rostro adoptaba una expresión pensativa. Le pareció, o era sólo una intuición, que su amigo se estaba obsesionando más de lo debido con lo que acababa de contar. A ella eso le preocupaba mucho. El casi nunca manifestaba sus emociones a nadie. Y mucho menos sus pesadillas.

sábado, agosto 26, 2006

En la desnuda tierra...

En la desnuda tierra nacen nuevas esperanzas, esperanzas que se pudren en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra es abono que se mezcla, de la mezcla brotan sueños en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra esos sueños son deseos, los deseos de un poeta en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra los deseos se marchitan, marchitando las palabras en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra las palabras se evaporan, se evaporan con la vida en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra él compone sus sonetos, los sonetos del fracaso en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra abatida está una mano, en la mano una pistola en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra un disparo en la cabeza, la cabeza del poeta en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra el pidió que yo cantara, un canto hacia la vida en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra mi voz enciende un fuego, éste fuego se propaga por la desnuda tierra.
En la desnuda tierra arde el cuerpo del poeta, el poeta se deshace en la desnuda tierra.
En la desnuda tierra se extiende la ceniza, la ceniza es un cultivo de la desnuda tierra.
En la desnuda tierra nacen nuevas esperanzas, esperanzas que se pudren en la desnuda tierra.
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